viernes, 26 de agosto de 2011

La decadencia de Estados Unidos: causas y consecuencias (Noam Chomsky)

“Es un tópico”, que Estados Unidos, “que hace apenas unos años era saludado como un coloso que dominaba con paso seguro el mundo entero, detentando un poder sin paralelos y un estilo de vida inmensamente atractivo, se halla hoy en decadencia, encarando la ominosa perspectiva de su propio desmoronamiento”. Este tópico, expresado en el verano de 2011 en la revista de la Academia de Ciencias Políticas, es, de hecho, dado por cierto por grandes sectores. Y no sin razón, aunque sea menester puntualizar algunas cosas. La decadencia, en efecto, es un proceso que se inicia en el momento de mayor poder de Estados Unidos, poco después de la Segunda Guerra Mundial; la retórica específica de los varios años de triunfalismo que se vivieron en la década de los noventa fueron mayormente una forma de auto engaño. Además, la conclusión a la que se llega generalmente —que la potencia mundial del futuro será China o la India— es bastante dudosa. China e India son países pobres con severos problemas internos. El mundo, sin la menor duda, se hace más diverso, pero, a pesar de la decadencia de Estados Unidos, en el futuro previsible no hay competidor alguno en lo que se refiere al poder hegemónico global.

Si se revisa brevemente así sea una parte de la historia relevante, durante la Segunda Guerra Mundial los planificadores reconocían que Estados Unidos emergería de la guerra en una contundente posición de poder. Está más que claro, de acuerdo con los documentos disponibles, que “la meta del Presidente Roosevelt era la hegemonía de Estados Unidos en el mundo de la postguerra”, para citar la afirmación del historiador de la diplomacia Geoffrey Warner, uno de los especialistas más destacados en la materia. Entonces, se desarrollaron planes para controlar lo que se llamó “una Gran Área”, que incluía al menos el Hemisferio Occidental, el Lejano Oriente, los territorios del antiguo Imperio Británico —incluidas las cruciales reservas de petróleo del Medio Oriente— y tantos territorios del continente Euroasiático como fuese posible; al menos, sus regiones industriales más importantes en Europa Occidental y los estados del Sur del continente europeo, considerados como esenciales para asegurar el control de los recursos energéticos del Medio Oriente.

En estos amplios territorios, Estados Unidos debía mantener “un poder incuestionable”, con “supremacía militar y económica”, asegurándose, al mismo tiempo, de “limitar cualquier ejercicio de soberanía” por parte de estados que pudieran interferir en sus designios globales. Estas doctrinas aún prevalecen, si bien su alcance se ha reducido.

Las medidas de tiempo de guerra, que serían implementadas poco después, no eran poco realistas. Estados Unidos para el momento era, con mucho, el país más rico del mundo. La guerra le puso fin a la Depresión y la capacidad industrial estadounidense casi se cuadruplicó, mientras los rivales se veían diezmados. Al final de la guerra, Estados Unidos poseía la mitad de la riqueza del globo y una seguridad sin igual. Cada región de la “Gran Área” tenía asignada su “función” dentro del sistema global. La “Guerra Fría” que sobrevendría tuvo que ver, mayormente, con los esfuerzos de las dos superpotencias para mantener el orden en los territorios que dominaban: para la URSS, Europa Oriental; para Estados Unidos, casi todo el resto del mundo.

Para 1949, la “Gran Área” se veía ya seriamente erosionada por “la pérdida de China”, que es como generalmente se llama a este suceso. La frase es interesante: uno sólo puede “perder” lo que posee; y se da por sentado que Estados Unidos posee la mayor parte del globo por derecho propio. Poco después, el Sudeste Asiático comenzó a salirse de control, lo que llevó a las horrendas guerras de Washington en Indochina y a las inmensas masacres en Indonesia en 1965, mientras se restablecía el dominio estadounidense. Entretanto, la subversión y la violencia masiva contra ésta continuaban en todas partes, en un esfuerzo por mantener lo que han dado en llamar “estabilidad”, y que significa aceptación de las exigencias de Estados Unidos.

Pero la decadencia era inevitable, a medida que el mundo industrial era reconstruido y el proceso de descolonización seguía su agónico curso. Para 1970, la porción de la riqueza del mundo en manos de Estados Unidos se había reducido a cerca del 25 por ciento, cifra todavía colosal pero mucho menor que la previa. El mundo industrial se estaba tornando “tripolar”, con ejes de poder en Estados Unidos, Europa y Asia, que tenía a Japón como centro, y que ya para entonces se estaba convirtiendo en la región más dinámica.

Veinte años después, colapsó la URSS. La reacción de Washington nos enseña mucho sobre la realidad de la Guerra Fría. El gobierno del primer Bush, que entonces ejercía la Presidencia, declaró de inmediato que las políticas seguirían prácticamente sin cambio alguno, pero con pretextos diferentes. El inmenso poderío militar se mantendría, pero no para defenderse de los rusos, sino más bien para enfrentar la “sofisticación tecnológica” de potencias del Tercer Mundo. Igualmente, sería necesario mantener “la base industrial de la defensa”, un eufemismo para referirse a la industria de avanzada, que dependía ampliamente de los subsidios e iniciativas del gobierno. Fuerzas militares de intervención debían ser destinadas al Medio Oriente, de cuyos serios problemas “no tenía la culpa el Kremlin”, a pesar de medio siglo de afirmaciones engañosas al respecto. Sin hacer alharaca, se admitió que el problema había sido siempre el mismo: los “nacionalismos radicales”, es decir, los intentos de los países de seguir sus propios cursos, en violación a los principios de la “Gran Área”. Éstos jamás fueron modificados. El gobierno de Clinton declaró que Estados Unidos tenía el derecho de utilizar fuerzas militares unilateralmente para asegurar “acceso irrestricto a mercados clave, fuentes de energía y recursos estratégicos”, y que debía tener fuerzas militares “desplegadas con anticipación” en Europa y Asia, “para ayudar a darle forma a lo que la gente opina de nosotros” —no a través de la sutil persuasión, no— y para “actuar de manera determinante en eventos que afectarían nuestros medios de vida y nuestra seguridad”.

En lugar de ser reducida o eliminada, como habría esperado uno de acuerdo a la propaganda de entonces, la OTAN se desplegó hacia el Este —en violación a acuerdos verbales con Mijaíl Gorbachov cuando éste estuvo de acuerdo en permitir que la Alemania reunificada se uniera a la OTAN, una asombrosa concesión a la luz de la historia previa. Para este momento, la OTAN se había convertido en una fuerza de intervención global bajo el mando de Estados Unidos, con la tarea oficial de controlar el sistema internacional de energía, las vías marítimas y los oleoductos; y cualquier otra cosa que el poder hegemónico determinara.

Hubo, de hecho, un período de euforia tras el colapso de la superpotencia enemiga, con exaltadas aserciones sobre “el fin de la historia” y una aclamación llena de admiración ante la política internacional de Clinton. Ésta había entrado en una “noble fase” caracterizada por un “brillo de santidad”, ya que, por primera vez, una nación era guiada por el “altruismo” y consagrada a los “principios y los valores”, y no se presentaba ningún obstáculo en el camino hacia un “Nuevo Mundo idealista, determinado a acabar con las inhumanidades”, que podría al fin llevar a cabo, sin tropiezos, la norma internacional emergente de la intervención humanitaria —sólo para dar una muestra de los apasionados panegíricos escritos por granados intelectuales.

No todos habían caído en éxtasis tales. Las víctimas tradicionales, el Sur global, condenaba amargamente “el mal llamado ‘derecho’ de la intervención humanitaria”, reconociéndolo como el viejo “derecho” a la dominación imperial. Y voces más sobrias en Estados Unidos, de miembros de la élite que determinaba las políticas, podían percibir que, para una gran parte del mundo, Estados Unidos se estaba “convirtiendo en la superpotencia forajida”, que era visto como “la mayor amenaza externa contra sus sociedades”; “el mayor estado forajido del momento actual es Estados Unidos” (Samuel Huntington, profesor de Ciencias de Gobierno de Harvard; Robert Jarvis, presidente de la Asociación de Ciencias Políticas de Estados Unidos). Después de que Bush llegara al poder, las opiniones cada vez más hostiles del mundo apenas podían seguir siendo ignoradas. En el mundo árabe en particular, la aprobación de Bush se fue a pique. Obama ha logrado la impresionante hazaña de llegar a niveles menores de aprobación, hasta apenas 5 % en Egipto y poco más en los otros países de la región.

Mientras tanto, la decadencia continuaba. En la década pasada, se había “perdido” la América del Sur. Esto es un asunto serio: mientras el gobierno de Nixon planificaba la destrucción de la democracia chilena, que tuvo lugar en “el primer 11 de septiembre” —el golpe militar con apoyo de Estados Unidos que acabó con la democracia en Chile e instauró la dictadura de Pinochet—, el Consejo de Seguridad Nacional advertía que, si Estados Unidos no podía controlar América Latina, no podía esperar “lograr establecer un orden exitoso en otros lugares del mundo”. Pero más serios serían los movimientos de independencia en el Medio Oriente. La planificación de la postguerra reconocía que el control de las incomparables reservas de energía del Medio Oriente significaba “un sólido control del mundo”, en palabras del influyente consejero de Roosevelt, A. A. Berle; y, por lo tanto, la pérdida de control sobre esos territorios amenazaría el proyecto de dominación global claramente formulado durante la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido, a pesar de los considerables cambios sucedidos en el mundo desde entonces.

Un peligro adicional es que en esos territorios puede haber movimientos significativos hacia la democracia. El editor ejecutivo del New York Times, Bill Keller, escribe de manera conmovedora sobre el anhelo de Washington “de abrazar a los que desean democracia en el Norte de África y el Medio Oriente”. Pero encuestas de opinión en el mundo árabe revelan con mucha claridad que para Washington sería un desastre si democracias activas y reales se abrieran pasos en la región, ya que esto implicaría que la opinión pública tendría alguna influencia en las decisiones políticas. No causa sorpresa ninguna que los primeros mínimos pasos de política exterior de Egipto se hayan tropezado con la oposición de Estados Unidos y su cliente israelí.

Mientras las políticas que Estados Unidos mantiene desde hace mucho permanecen estables, durante el gobierno de Obama se han producido algunos cambios significativos. El analista militar Yochi Dreazen señala, en el Atlantic, que la política de Bush era capturar (y torturar) a los sospechosos, mientras que Obama simplemente los asesina, con un veloz incremento en el uso de armamento de terror (aviones no tripulados) y Fuerzas Especiales, que son, muchas de ellas, equipos de exterminio. Las Fuerzas Especiales tienen calendarios de operación en 120 países. Hoy por hoy, las Fuerzas Especiales estadounidenses tienen el mismo número de efectivos que el ejército completo del Canadá; y son, ahora, de hecho, un ejército privado del presidente, asunto que analiza en detalle el periodista de investigación Nick Turse en el website “Tomdispatch”. El equipo que Obama envió para asesinar a Osama bin Laden ya había llevado a cabo más o menos una docena de misiones similares en Paquistán. Como muestran éstos y otros sucesos, si bien la hegemonía está en declive, la ambición de mantenerla no lo está.

Otro tópico, al menos entre aquellos que no están terca y voluntariamente ciegos, es que la decadencia de Estados Unidos, en no poca medida, es causada por el país mismo. La ópera bufa representada en Washington este verano, que disgusta al país entero (una gran mayoría piensa que el Congreso simplemente debería ser disuelto) y desconcierta al mundo, tiene pocas analogías en los anales de la democracia parlamentaria. El espectáculo ha llegado incluso a aterrorizar a quienes patrocinaron la farsa. El poder corporativo ahora se encuentra preocupado de que los extremistas a los que ayudó a llegar a los cargos que hoy ejercen puedan decidir demoler el constructo sobre el que descansan su propia riqueza y sus privilegios, ese poderoso estado-nodriza que sirve a sus intereses.

El eminente filósofo social estadounidense John Dewey describió una vez la política como “la sombra que los grandes negocios arrojan sobre la sociedad”, y advertía que “el que la sombra se hiciera más tenue no cambiaría su esencia”. Desde la década de los setenta, la sombra ha devenido una oscura nube que envuelve a la sociedad y al sistema político. El poder corporativo, a estas alturas compuesto mayormente por capital financiero, ha alcanzado un punto en el cual las dos organizaciones políticas de mayor importancia de Estados Unidos, que apenas se parecen ya a los partidos tradicionales, están en la posición de más extrema derecha en relación a la población general en todo lo referente a los asuntos de importancia que están en el tapete.

Para el público general, la mayor preocupación, en política interior, es, con razón, la severa crisis de desempleo. En las circunstancias actuales, ese problema crítico puede ser resuelto sólo a través de un significativo estímulo del gobierno, que vaya mucho más allá del que se intentara hace poco, que apenas equilibró la disminución del gasto estatal y local, aunque hay que reconocer que esa mínima iniciativa probablemente salvó millones de empleos. Para las instituciones financieras, la preocupación principal es el déficit. Por lo tanto, el déficit es el centro del debate. Una gran mayoría de la población favorece enfrentar el déficit imponiéndole mayores tasas de impuestos a los más ricos (72 %, 21 % se opone). La reducción de los programas de salud pública es rechazada por mayorías considerables: 69 % en el caso de Medicaid, 79 % en el caso de Medicare). El resultado más probable es, por lo tanto, lo opuesto.

En su reporte de los resultados de un estudio sobre cómo el público eliminaría el déficit, su director, Steven Kull, escribe que: “De manera prístina, tanto el gobierno como el Congreso, encabezado por los republicanos, están fuera de sintonía con los valores y prioridades del público en lo referente al presupuesto… La mayor diferencia es que el público se inclina por cortes considerables en los gastos de defensa, mientras el gobierno y el Congreso proponen discretos aumentos… El público también se muestra más favorable a mayores inversiones en entrenamiento para el trabajo, en educación y en el control de la contaminación que el gobierno o el Congreso”.

El costo de las guerras de Bush y Obama en Irak y Afganistán llega, según los cálculos actuales, a 4 billones cuatrocientos mil millones de dólares ($ 4.400.000.000.000) — una victoria aplastante para Osama bin Laden, cuya meta, anunciada, era llevar a Estados Unidos a la bancarrota tendiéndole una trampa. El presupuesto militar para 2011 —casi equivalente al de todo el resto del mundo junto— es más alto en términos reales (esto es, ajustados a la inflación), que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial, y se ha anunciado que aumentará aún más. Se habla mucho y a la ligera sobre proyectos de recortes de gasto, pero los informes olvidan mencionar que, incluso si llegaran a darse, serán en el crecimiento a futuro proyectado para el Pentágono.

La crisis del déficit ha sido creada mayormente como un arma para destruir programas sociales que el establishment detesta y en lo que confía gran parte de la población. El muy respetado corresponsal de economía del Financial Times de Londres, Martin Wolf, escribe: “No es que enfrentar la posición fiscal de Estados Unidos sea urgente… Estados Unidos puede solicitar préstamos en términos favorables, con intereses sobre bonos a diez años cercanos al 3 por ciento, tal y como han predicho los pocos analistas que no han sido tomados por la histeria. El reto en términos fiscales es a largo plazo, no inmediato”. De manera más que significativa, agrega: “El rasgo más asombroso de la posición fiscal federal es que los ingresos se prevén en apenas un 14,4 por ciento del PIB en 2011, muy por debajo del promedio que han tenido en la postguerra, cercano al 18 por ciento. Se prevé que los impuestos sobre la renta individual alcancen apenas el 6,3 del PIB en 2011. Como no estadounidense, no puedo entender cuál es el lío: en 1988, cuando terminaba el período presidencial de Ronald Reagan, las cuentas por pagar llegaban al 18,2 por ciento del PIB. Los ingresos fiscales tendrían que aumentar sustancialmente si se quiere superar el déficit”. Es de verdad asombroso, pero es lo que exigen las instituciones financieras y los extremadamente ricos, y, en una democracia en veloz decadencia, eso es lo que cuenta.

A pesar de que el déficit ha sido creado por causa de una salvaje guerra de clases, la crisis de la deuda a largo plazo es seria, y lo ha sido desde que la irresponsabilidad fiscal de Ronald Reagan hiciera que Estados Unidos pasara de ser el mayor acreedor del mundo al mayor deudor del mundo, triplicando la deuda nacional, y creando amenazas para la economía que se vieron rápidamente aumentadas por George W. Bush. Pero, por ahora, la crisis del desempleo es la preocupación más grave.

El último “acuerdo” sobre la crisis —más bien una capitulación ante la extrema derecha— es lo opuesto de lo que el público quiere en realidad, y de modo prácticamente inevitable llevará a un crecimiento más lento y a perjuicios a largo plazo para todos, excepto los ricos y las corporaciones, que están disfrutando de ganancias sin antecedentes. Pocos economistas serios se mostrarían en desacuerdo con la aseveración de Lawrence Summers, economista de Harvard: “el problema actual de Estados Unidos es mucho más un déficit de empleo y crecimiento que un déficit por exceso de gastos”; el acuerdo alcanzado en Washington en agosto, aunque preferible a una (muy improbable) mora, probablemente causará aún más daño a una economía en pleno deterioro.

Ni siquiera se ha discutido el hecho de que el déficit sería eliminado si el sistema privado y disfuncional de salud de Estados Unidos fuera sustituido por uno semejante al de otras sociedades industriales, cuyos costos, per cápita, son la mitad del estadounidense y tienen, cuando menos, resultados semejantes. Las instituciones financieras y la industria farmacéutica detentan demasiado poder como para que esas opciones sean siquiera consideradas, aunque esas ideas difícilmente resulten utópicas. Fuera de agenda, por razones similares, están otras opciones económicamente sensatas, tales como un mínusculo impuesto a las transacciones financieras.

Mientras tanto, Wall Street recibe regularmente nuevos y generosos regalos. El Comité de Asignaciones del Congreso recortó el presupuesto solicitado por la Comisión de Valores y Comercio (Securities and Exchange Commission, SEC), que es la primera barrera contra el fraude financiero. Es poco probable que la Agencia de Protección al Consumidor sobreviva intacta. El Congreso empuña, además, otras armas en la batalla contra las futuras generaciones. De cara a la oposición republicana contra la protección ambiental, “una de las mayores industrias de servicios de Estados Unidos está engavetando el más importante esfuerzo de la nación para contener el dióxido de carbono producido por una planta local que funciona a partir de carbón, lo que significa un duro golpe a los esfuerzos para controlar las emisiones que causan el calentamiento global”, reporta el New York Times.

Las heridas auto infligidas, a pesar de que se hacen cada vez más profundas, no son una innovación de reciente data. Se remontan a la década de los setenta, cuando la política económica nacional sufrió transformaciones de importancia, acabando con lo que comúnmente se conoce como “la edad de oro” del capitalismo (de estado). Dos de los mayores cambios fueron la transformación de la producción de bienes en una mera actividad financiera y que se llevaba a cabo fuera de las fronteras de la nación; ambos cambios están relacionados con la reducción de la tasa de ganancias en la fabricación de bienes de consumo, y el desmantelamiento del sistema Bretton Woods, prevaleciente en la postguerra, de controles de capital y regulación de divisas. El triunfo ideológico de las “doctrinas del libre mercado”, altamente selectivas, como siempre, propinaron más golpes, al ser convertidas en desregulaciones, transformadas en reglas de funcionamiento corporativo que vinculaban inmensas bonificaciones para los directores ejecutivos con ganancias a corto plazo, y otras políticas administrativas semejantes. La concentración de riqueza a la que esto dio lugar otorgó mayor poder político a los capitales, acelerando un círculo vicioso que le ha dado extraordinarias fortunas a una décima parte del uno por ciento de la población, principalmente, a los directores ejecutivos de las grandes corporaciones, los administradores de los fondos de inversión libre y gente por el estilo, mientras que, para la gran mayoría, los ingresos reales se encuentran virtualmente estancados.

De modo paralelo, el costo de las elecciones se disparó, lo que ocasionó que ambos partidos tuvieran que hundirse más y más en los bolsillos de las corporaciones. Lo que queda de democracia política se ha visto socavado aún más, porque ambos partidos, en busca de fondos, han recurrido a la subasta de posiciones de liderazgo en el Congreso. El especialista en política económica Thomas Ferguson observa que: “A diferencia de los poderes legislativos del resto del Primer Mundo, los partidos del Congreso de Estados Unidos ahora le ponen precio a puestos vacantes que son claves en el proceso de creación de las leyes”. Los legisladores que consiguen fondos para el partido obtienen los puestos, lo que virtualmente los obliga a convertirse en servidores del capital privado en términos que van más allá de la norma. El resultado, continúa Ferguson, es que los debates “se sostienen, en gran medida, en la infinita repetición de un puñado de frases hechas y slogans ya probados en batalla por su atractivo para los grupos de inversionistas y de intereses, grupos con los que los líderes cuentan a la hora de obtener recursos”.

La economía posterior a la “edad de oro” está poniendo en escena una pesadilla que ya habían previsto los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo. Ambos se percataron de que si los comerciantes e industriales británicos invertían en ultramar y dependían de las importaciones, obtendrían ganancias, pero Inglaterra misma sufriría. Ambos esperaban que estas consecuencias pudieran evitarse gracias a convicciones nacionalistas, por la preferencia de hacer negocios en el propio país y verlo crecer y desarrollarse, como si, gracias a una “mano invisible”, Inglaterra pudiera ser salvada de los estragos de los mercados globales —la expresión “mano invisible” aparece una vez en el clásico de Smith, La riqueza de las naciones. Ricardo esperaba que, gracias a las convicciones nacionalistas, la mayor parte de los hombres con medios se mostrasen “satisfechos con las bajas tasas de ganancias de su propio país en lugar de buscar utilidades más ventajosas para su dinero en naciones extranjeras”, sentimiento que “lamentaría ver debilitado”. En los últimos 30 años, “los amos de la humanidad”, como los llamara Smith, han dejado a un lado cualquier preocupación sentimental por el bienestar de su propia sociedad, y, por el contrario, se han concentrado en ganancias a corto plazo e inmensas bonificaciones, y que el país se vaya al demonio —siempre y cuando el estado-nodriza permanezca intacto para servir a sus intereses, eso sí.

Un ejemplo que ilustra de manera gráfica esto aparece en la primera página del New York Times mientras escribo estas líneas (4 de agosto de 2011). Dos artículos importantes aparecen uno junto al otro. Uno discute cómo los republicanos se oponen fervientemente a cualquier acuerdo “que implique mayores ingresos fiscales” —un eufemismo para referirse a aumentar las tasas de impuesto de los ricos. El otro lleva por título: “Incluso más caros, los bienes suntuarios vuelan de las estanterías”. El pretexto para recortar los impuestos de los más ricos y de las corporaciones en proporciones ridículas es que éstos invertirían en la creación de empleo — la misma cosa que no pueden hacer ahora, cuando sus bolsillos están que revientan con ganancias sin precedentes.

El cuadro que se revela se encuentra muy bien descrito en un folleto para inversionistas producido por Citigroup, el gigantesco banco que está, otra vez, alimentándose del pesebre comunal, como lo ha hecho regularmente por 30 años, en un ciclo de préstamos riesgosos, altísimas ganancias, dinero en efectivo y ayudas financieras estatales. Los analistas del banco describen un mundo que se está dividiendo en dos bloques: la “plutonomía” y el resto, en una sociedad global en la que el crecimiento es alimentado por los pocos ricos, y consumido por ellos mismos. Luego están los “no-ricos”, la inmensa mayoría, a la que ahora a veces se llama el “precariato global”, es decir, la fuerza de trabajo que lleva una vida precaria. En Estados Unidos, están sometidos a la “creciente inseguridad laboral”, base de una economía saludable, tal y como explicara al Congreso Alan Greenspan, cabeza de la Reserva Federal, al tiempo que alababa su propio desempeño en el manejo de la economía. Este es el verdadero desplazamiento del poder en la sociedad global.

Los analistas del Citigroup aconsejan a los inversionistas concentrarse en los muy ricos, que es donde está la acción. Su “Cesta Básica de Plutonomía”, como ellos mismos la llaman, obtuvo un índice mayor de ganancias que el de los mercados desarrollados desde 1985, cuando los programas de Reagan y Thatcher para enriquecer a los muy ricos estaban apenas arrancando.

Antes de la crisis de 2007, de la cual ellos mismos fueron responsables en gran medida, las nuevas instituciones financieras del período que siguió a la “edad de oro” habían ganado un alarmante poder económico, más que triplicando su parte de las ganancias corporativas. Después de la crisis, una cantidad de economistas comenzaron a investigar sobre sus funciones en términos puramente económicos. Robert Solow, premio Nobel de economía, concluye que su impacto general es probablemente negativo: “sus éxitos, por lo que puede verse, agregan poco o nada a la eficiencia de la economía real, mientras que los desastres trasfieren la riqueza de los que pagan impuestos a los financistas”.

Al desmantelar los últimos vestigios de la democracia política, echan las bases para que el letal proceso siga en marcha — siempre y cuando sus víctimas estén dispuestas a sufrir en silencio.

***

Por Prodavinci | 23 de Agosto, 2011

jueves, 25 de agosto de 2011

Las nuevas dictaduras serán más mediáticas que políticas (Umberto Eco)

Recientemente celebré mi cumpleaños, y con mis allegados, que habían acudido a felicitarme, volví a evocar el día de mi nacimiento. Si bien estoy dotado de excelente memoria, aquel momento no lo recuerdo, pero he podido reconstruirlo a través del relato que de él me hicieron mis padres. Al parecer, cuando el ginecólogo me extrajo del vientre de mi madre, una vez hechas todas las cosas que requieren tales casos, y presentándole el admirable resultado de sus contracciones, exclamó: "¡Mire qué ojos, parece el Duce!". Mi familia no era fascista, al igual que no era antifascista -como la mayor parte de la pequeña burguesía italiana, tomaba la dictadura como un hecho meteorológico: si llueve, se toma el paraguas-, pero para un padre y para una madre, oír decir que el recién nacido tenía los ojos del Duce suponía indudablemente una bonita emoción.

Ahora, cuando los años me han hecho más escéptico, me inclino a pensar que aquel buen ginecólogo decía lo mismo a cualquier madre y a cualquier padre -y mirándome al espejo, me descubro más bien parecido a un grizzly que al Duce, pero eso poco importa-. Mis padres fueron felices al saber mi semejanza con el Duce.
Me pregunto qué podría decir un ginecólogo adulador de hoy a una puérpera. ¿Que el producto de su gestación se parece a Berlusconi? La sumiría en un preocupante estado depresivo.

Cada época tiene sus mitos. La época en la que nací tenía como mito al Hombre de Estado; ésta en la que se nace hoy tiene como mito al Hombre de Televisión. Con la consabida ceguera de la cultura de izquierdas, la afirmación de Berlusconi de que los periódicos no los lee nadie mientras que todos ven la televisión se ha entendido como una más de sus metidas de pata. No lo era, era un acto de arrogancia, pero no una estupidez. Reuniendo todas las tiradas de los periódicos italianos se alcanza una cifra bastante risible si se la compara con la de quienes sólo ven la televisión. Calculando, además, que sólo una parte de la prensa italiana mantiene aún una actitud crítica ante el gobierno actual, y que toda la televisión, la RAI más Mediaset, se ha convertido en la voz del poder, no cabe duda de que Berlusconi tiene toda la razón: el problema es controlar la televisión, y que los periódicos digan lo que les venga en gana.

He arrancado de estas premisas para sugerir que, en nuestro tiempo, si dictadura ha de haber, será una dictadura mediática y no política. Hace casi cincuenta años que se viene diciendo que en el mundo contemporáneo, salvo algunos remotos países del Tercer Mundo, para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas (el último en no haberse enterado es Bush, líder tercermundista que ha llegado por error a gobernar un país con un alto grado de desarrollo). Ahora el teorema ha quedado demostrado.

Por lo tanto, es una equivocación decir que no puede hablarse de "régimen" berlusconiano, puesto que la palabra "régimen" evoca el régimen fascista, y el régimen en el que vivimos carece de las características de las dos décadas de dominio mussoliniano. Un régimen es una forma de gobierno no necesariamente fascista. El fascismo obligaba a los chicos (y a los adultos) a ponerse un uniforme, acabó con la libertad de prensa y enviaba a los disidentes al confinamiento. El régimen mediático de Berlusconi no es tan anticuado. Sabe que el consenso se logra controlando los medios de información más difundidos. Por lo demás, no cuesta nada permitir que disientan muchos periódicos (hasta que no puedan ser adquiridos).

La diferencia entre un régimen "al estilo fascista" y un régimen mediático es que en un régimen al estilo fascista la gente sabía que los periódicos y la radio no comunicaban más que circulares oficiales, y que no podía escucharse Radio Londres, bajo pena de cárcel. En un régimen mediático donde, pongamos, sólo el diez por ciento de la población tiene acceso a la prensa de oposición y el resto recibe las noticias a través de una televisión bajo control, si por un lado está extendido el convencimiento de que se acepta el disenso ("hay periódicos que hablan contra el gobierno, prueba de ello es que Berlusconi se queja siempre al respecto, por lo tanto existe libertad"), por otro el efecto de realismo de la noticia televisiva hace que se sepa y se crea sólo aquello que dice la televisión.

La apariencia de decirlo todo

Una televisión controlada por el poder no debe necesariamente censurar las noticias. Naturalmente, por parte de los esclavos del poder no faltan tampoco tentativas de censura, como una muy reciente por la que se juzgó inadmisible que en un programa televisivo se pudiera hablar mal del jefe del gobierno (olvidando que en un régimen democrático se puede y se debe hablar mal del jefe del gobierno; en caso contrario, nos hallamos en un régimen dictatorial). Pero se trata sólo de los casos más visibles. El problema es que se puede instaurar un régimen mediático en positivo, con la apariencia de decirlo todo. Basta saber cómo decirlo.

Si ninguna televisión dijera lo que piensa Fassino [N. de la R.: líder de la oposición] acerca de la ley tal de cual, entre los espectadores nacería la sospecha de que la televisión oculta algo, porque se sabe que en alguna parte hay una oposición.

La televisión de un régimen mediático usa en cambio ese artificio retórico que se llama "concesión". Pongamos un ejemplo. Acerca de la conveniencia de tener un perro hay aproximadamente cincuenta razones a favor y cincuenta en contra. Las razones a favor son que el perro es el mejor amigo del hombre, que puede ladrar si entran ladrones, que es adorado por los niños. Las razones en contra son que hay que sacarlo cada día para que haga sus necesidades, que nos cuesta dinero en alimentos y veterinario, que es difícil llevárselo de viaje y otras cosas.

Admitiendo que queremos hablar a favor de los perros, el artificio de la concesión podría ser así: "Es cierto que los perros cuestan, que representan una esclavitud, que no se los puede llevar de viaje, pero es necesario recordar que son una estupenda compañía, que los niños los adoran, que se muestran vigilantes contra los ladrones". Contra los perros podría concederse que son una compañía deliciosa, adorados por los niños, que nos defienden de los ladrones, pero a continuación seguiría la argumentación opuesta: que son una esclavitud, una fuente de gastos, un engorro para los viajes.

La televisión actúa de esta forma. Si se discute una ley, se enuncia ésta en primer lugar, después se da la palabra de inmediato a la oposición, con todas sus argumentaciones. A continuación aparecen los partidarios del gobierno que objetan las objeciones. El resultado persuasivo se da por descontado: tiene razón quien habla el último. Si se siguen con atención todos los noticieros, podrá verse que la estrategia es ésa: en ningún caso tras la enunciación del proyecto aparecen primero los partidarios del gobierno y después las objeciones de la oposición. Siempre ocurre lo contrario.

A un régimen mediático no le hace falta meter en la cárcel a sus opositores. Los reduce al silencio, más que con la censura, dejando oír sus razones en primer lugar. ¿Cómo se reacciona, pues, ante un régimen mediático, ya que para reaccionar sería necesario tener ese acceso a los medios de información que el régimen mediático controla?

Hasta que la oposición, en Italia, no sepa hallar una solución a este problema y continúe recreándose en diferencias internas Berlusconi será el vencedor, nos guste o no.

AdVersus, Revista de Semiótica, Año I, Junio 2004.
http://www.adversus.org/indice/nro4/notas/nota_eco.htm

Julio Cortázar - Álbum con fotos




Album con fotos

La verdadera cara de los ángeles
es que hay napalm y hay niebla y hay tortura
la cara verdadera es el zapato entre la mierda,
el lunes de mañana, el diario.

La verdadera cara
cuelga de perchas y liquidación de saldos.
De los ángeles la cara verdadera
es un álbum que cuesta 30 francos
y está lleno de caras:
las verdaderas caras de los ángeles.
La cara de un negrito hambriento,
la cara de un cholito mendigando,
un vietnamita, un argentino, un español,
la cara verde del hambre verdadera de los ángeles.

Por 30 francos la emoción en casa.
La cara verdadera de los ángeles,
la cara verdadera de los hombres,
la verdadera cara de los ángeles.

Julio Cortázar

miércoles, 24 de agosto de 2011

TEGUCIGALPA: El espacio que nos retrata

Al entrar a una casa y observar su color, olor, muebles, adornos, pequeños detalles, etc. siento conocer un poco de las personas que habitan el lugar. Pueda ser que emita algunos juicios sobre éstos, como sentir la calidez, folklore o simplemente si son personas frías. De manera que una casa muy bien cuidada y arreglada, puede decirnos que el orden es una característica de las personas que ocupan dicho espacio; si predomina la cerámica de barro, nos hacemos algunas impresiones, a diferencia de si se prefiere artículos de cristal. De tales detalles se pueden concluir acerca de las vivencias es posible escenificar en dicho espacio, así como gustos y preferencias de las personas que los poseen.

Tegucigalpa es nuestra casa, es el lugar donde vivimos, en ella nos vemos retratados, no solo porque hemos participado directa o indirectamente dándole forma, sino además porque este espacio permite ciertas acciones, desplazamiento y aficiones. Los espacios por los que circulamos en la ciudad nos los vamos apropiando y ellos a nosotros, estableciendo una relación en la que somos usuarios a la vez que le damos significado, cargándolos simbólicamente con un valor que se construye colectivamente en la medida en que representa nuestro diario vivir.

En este artículo me interesa plantear que el espacio en que vivimos no solo nos contiene, sino además nos define. Este lugar nos hace acreedores de ciertos rasgos de identidad producto de las cualidades particulares que le son características. De manera que conocer y comprender esta ciudad puede ayudar a entendernos.

Efectivamente gran parte de la experiencia acumulada a lo largo de nuestra vida está relacionada con el lugar donde vivimos. Acontecimientos como el Huracán Mitch, el desfile del 15 de Septiembre, las huelgas, las aglomeraciones en el mercado, las procesiones de Semana Santa, las visitas al mayoreo el fin de semana, los robos en la peatonal, etc., son situaciones que ligamos a un lugar determinado, y sirven para darle un significado que es el que nos ayuda a relacionarnos con él.

Los lugares están cargados de un significado que se ha forjado con la experiencia, que lo recreamos con nuestras vivencias que no son individuales, sino más bien colectivas, ya que nos socializamos aprendiendo como culturalmente se hace uso de esos sitios y las connotaciones que tiene. Somos capaces de ponernos de acuerdo casi sin darnos cuenta vamos dándoles sentido. En resumen, los lugares no solo son su valor intrínseco real, son además los significados que le atribuimos.

Así mismo las personas, los vendedores de la lotería, el policía, el taxista, la pulpera, los estudiantes, el zapatero, son personas que asociamos a los lugares, les vamos haciendo su historia, vamos construyendo nuestras relaciones de acuerdo con las vivencias que tenemos con ellos y que se producen en un lugar, ya que hay unos sitios que son habituales. Es donde se deposita nuestra biografía.

Teniendo en cuenta los puntos de vista anteriores a continuación me gustaría hacer una pequeña comparación actual de la ciudad de Tegucigalpa, para las personas que habitamos el lugar, para lograrlo se me ocurre recorrer la cuidad recordando 30 años atrás, y buscando elementos que aporten datos como la estructura de la ciudad y hacer un esfuerzo para establecer parámetros. Lo que somos y seguidamente relacionar el sentimiento que tenemos por la ciudad expresa, hacia este lugar, lo que significa para nuestra identidad y finalmente, darnos cuenta de algunas rutas que solemos usar, para hacer uso de este espacio y como ello determina lo que vemos, lo que podemos hacer en este espacio y en buena medida lo que son.

El dilema estructural de Tegucigalpa: ser o no ser

Tegucigalpa no es ya la que añoramos los románticos, que con pesar recordamos lo que era, pero tampoco es una ciudad moderna, en ella se conjugan una mezcla, trazos de varios estilos, que provoca una sensación de caos, donde las cosas se han ido ubicando, como por capricho, sin un plan o con distintos planos, con distintas perspectivas que se han ido acumulando a lo largo del tiempo, esta mezcla hace difícil concebirla, darle sentido en un lugar lleno de contrastes y contradicciones, una ciudad dual, en la que junto a espacios funcionales existen zonas pobres, abandonadas y en progresivo deterioro. Situación que refleja peligros, que una vez que van tejiendo la identidad de las personas que aquí vivimos.

Esta es una ciudad de contradicciones “es y no termina de ser”, no se define, se va llenando de matices, conserva rasgos coloniales que se entrecruzan con la modernidad, este argumento se pone en evidencia en distintos aspectos estructurales de la ciudad, a partir de los cuales se infieren características de sus habitantes.

Modernas edificaciones: Una de las cosas que poderosamente me llama la atención e imagino que también a las personas que nos visitan es los edificios, que se han ido levantando en las últimas dos décadas al mismo tiempo que la economía del país se ha encontrado en una situación de deterioro. La estructura arquitectónica de Tegucigalpa nos muestra una ciudad donde existen tendencias de lugares que reflejan una clásica tradición colonial, de edificios antiguos conservados a propósito, modernos edificios que apuestan por este estilo como lo es el caso de la sede de BANCAFÉ, o la misma Casa Presidencial y quizás el Hotel Honduras Maya que es un representante, un intento de conjugación de la tradición con lo moderno. Por otra parte hay otras edificaciones que han ido apareciendo, entre ellos hoteles y bancos que marcan un contraste, en su concepción ya que son edificaciones propias de ciudades cosmopolitas, compiten en su estilo con modernos edificios en otras ciudades del mundo, ejemplo de ello son el Crown Plaza, el hotel Intercontinental, la sede del Banco Grupo del Ahorro BGA. Estos lugares nos crean ambigüedades y nos enorgullece porque son parte del lugar donde vivimos, pero al mismo tiempo son lugares que no nos pertenecen, los que solo vemos de pasada y representan lo que no somos, porque lo tenemos. Ya que el contraste de la arquitectura moderna con la antigua, así como la opulencia de los lujosos edificios y los grandes cinturones de miseria que rodean la ciudad, al mismo tiempo son un salto hacia algo que no somos pero nos gustaría ser, son una parada en donde no sabemos si vamos o venimos.

El mundo espiritual: La religiosidad de este lugar es otro aspecto evidente y que bien puede decir mucho de las personas de la ciudad, en este sentido un recorrido por la ciudad mostraría que hay distintos sitos que ponen de manifiesto el mundo espiritual que es posible vivir en esta ciudad, lo más notorio son las iglesias católicas, la Catedral, la iglesia de Los Dolores o el Cristo del Picacho que es una obra reciente pero que es ya un signo de la ciudad. Menos notoria es la presencia de las iglesias evangelistas que van ocupando espacios, por la ciudad, las diferentes denominaciones van matizando la ciudad con edificios algunas veces poco visibles, y otras que son grandes edificaciones entre estas, se encuentran, los mormones, las iglesias cristianas de denominación protestante que cada vez ocupan más espacios, lo mismo son más frecuentes, hecho que denota una vez más en donde está la identidad de los habitantes de este lugar que entrecruzada la fe cristiana con diferentes matices, razón por la cual no es casual que las personas muestran tendencias encontradas, hacia la identidad social.

Grandes superficies: La sintonización con tendencias modernas, se ve en los centros comerciales como el Mall y Plaza Miraflores, la forma en que estos nos invitan y congregan, en donde se encuentra los escaparates como ventanas donde se puede ver lo que se desea, en un solo lugar se concentra lo mejor de la oferta, como una casa de los deseos donde aunque sea por instantes se puede ver y aspirar, un recorrido que vale por si mismo aunque no se consuma, pero solo el hecho de sentir que sito está en la ciudad donde se vive ya nos hace sentir, parte de algo que vale la pena, que está a la altura, y al que podemos ver de cerca y sentir como si fuera nuestro, a pesar de que en realidad una vez fuera sabemos no nos pertenece y no es parte de nosotros. El mercado y la pulpería por oposición son espacios más cercanos, donde podemos hacer negociaciones, conocemos las personas.

El centro del poder: Tegucigalpa es la ciudad capital, la gran ciudad, representa el poder, efectivamente en ella se concentra el gobierno de la nación, como capital, es donde se encuentra la burocracia. Los Ministerios del Gobierno de la República, el Palacio Legislativo lugar donde se hacen las leyes, donde es posible reivindicar los derechos, por tanto es lugar más representativo del país, a este lugar acuden de las diferentes partes del país, que por mucho tiempo han ido nutriendo las filas de moradores, ese es una de las características más sobresalientes. Aquí han llegado personas procedentes de todo el país, se han ido reunido personas con diferentes subculturas rurales, esta migración ha sido constante, han traído sus comportamientos y los han incorporado a la ciudad, sus casas, sus hábitos, la forma en que usan los espacios, muchos de ellos siembran en la ciudad, disponen de animales como gallinas, gallos, cerdos, perros, etc. Ellos van haciendo este lugar a su imagen, le van imponiendo un estilo que les es familiar.

Pecados ambientales: Parte de la añoranza que sentimos los románticos, es el fresco clima de la Tegucigalpa de antaño, los conciertos ofrecidos por los pájaros de la Plaza Central, la brisa del mes de noviembre, las tardes decembrinas en las calles peatonales atestadas de vendedores de manzanas, como suelo llamarle olor a verdadera navidad. Actualmente los climas extremos son cada vez más frecuentes, en sintonía con lo que ocurre en el planeta entero, de un empeoramiento que es propio, de una ciudad que por su expansión, cada vez es más contaminada, llena de ruido, típica ciudad grande, en la que se hace más difícil el transporte. Movilizarse no es fácil, grandes concentraciones de personas que ya no tienen espacio para caminar en las agostas aceras de la ciudad, que son reliquia de otro tiempo y que se entrecruzan con los carros. Esto va propiciando entre los habitantes una sensación de menor comodidad, insatisfechos porque hay poco lugares donde estar. Derrumbes en el Edén y el Reparto, o el cambio de rostro que sufrió la primera avenida de Comayagüela. La forma en que se fue tejiendo esa ciudad no es predecible, resulta muchas veces caprichosa, por una parte porque el terreno escarpado no permitía una planificación, se ha ido improvisando, quitando y poniendo, haciendo tomas de terrenos e incluso desfigurándose durante los derrumbes (la colonia Soto). Las colinas que conforman la ciudad son una muestra de cómo se reparte el territorio, hay una parte alta donde están los ricos colonias como Las Lomas, son un símbolo emblemático del riqueza y poder, las grandes casas construidas en las pendientes, que más que constituir un peligro contribuyen a lucir mejor.

La jaula de oro: Una de las estructuras más frecuentes de los hogares de clase media en Tegucigalpa es la existencia de muros y balcones, casas que tienen alto voltaje, casa vigilada, alarmas, mostrando de esta forma medidas autoprotectivas ellos son signos que muestran que la gente se encarcela a sí misma, para evitar el mundo externo. Así mismo en las entradas a las colonias hay una caseta de identificación, que muestra el recelo que tienen los habitantes de unos con otros, que indican que la preferencia es vivir solos y aparte, sin mezclarse, un lugar donde no se apetece la vida comunitaria, de hecho hay pocos lugares donde compartir, donde hacer vida social con los vecinos. Tegucigalpa es una ciudad desacreditada, con la propaganda en su contra, incluso sus mismos habitantes demuestran que hay que tener cuidado, vigilantes y policías fuertemente armados son parte cotidiana de este lugar.

“Niños de la calle”: Es cuando menos curioso el contraste que produce ver la ciudad llena de rótulos en defensa de los derechos de la niñez, que dicen “luchar” por el respeto que se debe tener por la niñez, Mientras esta es la propaganda pública paradójicamente, una buena parte de la niñez circula por las calles trabajando, o simplemente viviendo en este espacio, son tan parte del paisaje de la ciudad que ya no es una sorpresa verlos, son personajes que se convierten en parte cotidiana de la escena de la ciudad, con frecuencia están los lugares donde nos recuerdan, los contrastes que son capaces de darse en este lugar, en las afueras de los restaurantes, rodean a los turistas pidiendo limosnas, están en las intersecciones de la calles, donde son visibles, como parte de la mueblería que tiene la ciudad.

Centros culturales: Los centros educativos, donde está el pensamiento, la intelectualidad de la ciudad, las edificaciones que albergan esta actividad reflejan la forma en cómo queremos construirnos como grupo, los héroes de la Patria son los escogidos para las escuelas, Escuela Lempira, José Trinidad Cabañas, Valle, Francisco Morazán, José Santos Guardiola, etc. y la ciudad universitaria... por otra parte están los museos que son lugares donde hay una muestra de la cultura hondureña donde hay cuadros, esculturas, poco conocidas e invisibles...

El estadio o pasión por el fútbol: Pocos acontecimientos se viven la ciudad con mayor expectación como los partidos de fútbol, Las personas sienten la camiseta, la ciudad se viste cuando hay un juego de la selección, las banderas flamean en los carros en las casas, las personas se visten con los colores del país, grandes edificios visten la camiseta de nuestra selección, se siente una expectación, el estadio es un símbolo que recuerda grandes hazañas el futbol es la actividad donde podemos competir en iguales condiciones con otros países donde es posible que le ganemos a México, Estado Unidos, que clasifiquemos al mundial junto a los mejores, estas posibilidades fortalecen la idea que tenemos de nosotros y el estadio es el espacio que nos recuerda esto permanentemente.

El vinculo afectivo con Tegucigalpa: Su papel en la formación de la identidad

Los sentimientos que se desprenden del diario vivir en la ciudad, llevan en ocasiones a tener aprecio por ésta, pero en otras, a sentir rechazo, estos sentimientos encontrados, reflejan por un lado que hay una estima positiva, y, por otro, pobre aprecio por el lugar en el que se vive.

Pero la ciudad proyecta un tipo de ciudadano que le es ideal, por ejemplo en esta ciudad estaría bien una persona que anda en carro, al que se le ha hecho el anillo periférico y calles asfaltadas, se mejoran los bulevares, también se le ponen a disposición lugares de comida rápida porque anda de prisa sin mucho tiempo, incluso en las gasolineras donde puede encontrar servicio las 24 horas, este ciudadano existe y el espacio urbano le es funcional. Luego, está el otro el que va a pie o en bus que se le hace difícil, que se impacienta en la Isla, yendo de arriba para abajo según se le antoja al conductor, el que va en las aceras reducidas yéndose por la calle, con el temor de ser asaltado, sintiéndose perseguido por los malvivientes que se adueñan de esas zonas, donde se respira un ambiente de cansancio, calor y desesperanza.

Las personas son educadas por los espacios, hay unos límites que impone el lugar que hace que las personas se comporten de acuerdo con lo que se puede, el modelo de ciudadano que necesita ese espacio es construido por la relación entre ambos. Hay sentimientos que les son correspondientes, las personas son optimistas cuando el espacio les es agradable, climatizado, seguro, limpio, si es posible estéticamente bonito. Pero es pesimista si le crea descontento, dificultades.

El miedo: Entre los habitantes de Tegucigalpa existe la sensación subjetiva de que hay peligro, que no es buena idea salir a la calle, los lugares públicos producen miedo, las personas desconfían unas de otras, consideran que la probabilidad de que ocurra algo es alta, cuando no ocurre se sienten afortunados de que a pesar de que teóricamente debía ocurrir no les haya tocado (cuando aterriza un avión en el Toncontín). Se comenta incluso que la delincuencia y el crimen tiene sitiada la ciudad, este discurso es frecuente, esa sensación paraliza, ya que no hay lugar seguro, no se puede andar, las maras proliferan por la ciudad.

La ciudad de la alegría: A pesar de que hay afectos negativos desencadenados por las vivencias que se han producido en distintos lugares de la ciudad, hay que señalar que también hay sentimientos positivos causados por el contagio de ser parte de algo por compartir en determinados lugares, por ejemplo, la calle peatonal se convierte en un autentico día de fiesta los sábados cuando las personas se pasean por la calle, en épocas especiales compartiendo la ilusión y recordando buenos momentos vividos en distintas partes de la ciudad. Momentos de satisfacción son visibles durante los desfiles de las fiestas patrias, cuando las calles de la ciudad se llenan de personas y estudiantes de colegios que van protagonizando la marcha en la calle. La Semana Santa también es un periodo en el que la ciudad muestra sus adornos, hay personas que se esmeran en dar una buena cara. La fiesta nocturna que se produce en distintos lugares de la ciudad, el boulevard Morazán, la “zona viva” de Tegucigalpa, donde las personas disfrutan, lo mismo que el Juan Pablo II e incluso lugares como el Mall; a estos habría que añadir nuevas configuraciones que van surgiendo como Próceres: un lugar más postmoderno e incluso selectivo. Hay otros lugares de buenos recuerdos como El Picacho, La Concordia donde la gente va a pasear, a recrearse a compartir un buen momento.

No obstante este tipo de sentimiento, es frecuente una sensación de indiferencia. Hay personas que no logran sentirse en casa, ven la ciudad como un lugar de tránsito, están aquí porque es el centro de trabajo o porque no les queda nada más, pero lo que desean es volver al campo, generalmente son los inmigrantes o “campesinos-citadinos” que no logran asimilarse o integrase, no sienten este lugar como suyo y no le logran tomar aprecio. En parte porque cuando vienen a la ciudad lo hacen con la ilusión de una vida mejor, pero se encuentran con un lugar de desempleo, de limitaciones, de diferencias extremas, de escasas oportunidades. Esas expectativas generan decepción y resignación ante las circunstancias, pierden expectativas y sueños, entonces se produce la incertidumbre y la añoranza del lugar abandonado al que se espera retornar aunque sea en el ataúd.

Comportamientos cotidianos: uso de la ciudad de Tegucigalpa

La ciudad está cargada de estímulos, en ella se puede experimentar distintas sensaciones. La ambigüedad, la promiscuidad y la confusión son el rasgo más distintivo de nuestra ciudad, muchas de sus más importantes funciones y actividades permanecen ocultas a nuestra vista, sus dimensiones nos desbordan ya no podemos llevar cuenta de los lugares que conocemos y los que nos sorprenden porque recién nos enteramos de su existencia, cada rincón posee una historia.

Usamos la ciudad para pasear, transitar, hacer deporte, vamos de compras, hay algunas costumbres preferidas por nosotros o simplemente hay rutinas que seguimos por el hecho de que nuestras necesidades nos las imponen o simplemente porque son nuestras preferencias, hay lugares por donde nos gusta ir porque nos sentimos a gusto, más seguros y tranquilos. A veces hasta es algo mágico sentimos que si vamos por ese sendero iremos por buen camino, hay ciertos lugares que son reconocibles en Tegucigalpa porque por ellos se transita y crea en nosotros similares sensaciones.

Por ejemplo es frecuente encontrar estos nombres en Tegucigalpa: Kodak, Burger King, Travel Express, Pennys Shoes, Copy Center, Mc Donalds, Roommate, Camelot Music, Wendys, Pizza Hut, Car Wash, Sigma Net, Classic., Óptica Life, Hair Place, Tempo Kids, DK Donuts, American Airlines, Easy Money, Money Market. Qué mensaje implícito radica el nombrar en inglés.

La ruta de los bohemios: Esta ruta es la que yo me atrevo a llamar la ruta mágica donde podemos envolvernos entre calles empedradas, para subir al parque de La Leona y ver el paisaje que la rodea, los apartamentos cercanos saturados de europeos, felices de poder vivir entre la frescura de las flores de esa zona, pagando una bagatela en comparación a sus países. Por la noche podemos tomar un café en Paradiso mientras conversamos o escuchamos a un expositor presentando su última obra. También podemos caminar desde el centro de la ciudad hasta Palmira donde hay cantidad de cafés, donde se hace un derroche de talentos, viejos y jóvenes que aún comparten la música de los años 70´s con la dulce voz de una cantante hondureña o simplemente ver una locura más de nuestra “Juana la Loca”. Tegucigalpa guarda aún la magia de los soñadores encerrada en un buen sorbo de café o en un trago acalambrado de “Tito Aguacate”.

Por la senda de las comidas rápidas: Siento con tristeza que la llegada de estos sitios que día a día visitamos con nuestros hijos, será para ellos la Tegucigalpa que van a recordar sin temor alguno y con el orgullo de compartir los mismos juegos o promociones que se ven en los canales de televisión norteamericanos, pero es claro que debemos aceptar que este desbordamiento de postmodernidad o acelerada transculturación tarde o temprano hace su aparición.

La ruta de la marcha en Tegucigalpa: Los bulevares de nuestra capital que en el día son los medios más rápidos para llegar a nuestros destinos y a la vez parecen sombríos mejor dicho dormidos, parecen recobrar vida por las noches y llenarse de un ambiente de música, donde se combinan los ritmos latinos, los mariachis y el famoso reguetón (o reggaetón), la alegría es colectiva, miles de jóvenes se dan cita en estos centros para pasar un rato agradable, hay muchos lugares ubicados en colonias como las Minitas, Palmira, las Lomas del Guijarro donde están los llamados pubs, bares y karaokes que nos trasladan a otros países.

Comentario final

Al escribir este artículo tengo la sensación de haber viajado por la ciudad desde todos los ángulos, es como haber entrado en un calidoscopio y ver las diferentes formas que se dibujan dependiendo del movimiento que se haga. Es maravilloso recordar los domingos tomada de la mano de mi padre rumbo al parque La Concordia, pasando por el Parque Central donde él solía hacer sus respectivas paradas como era lustrar los zapatos, mientras el vendedor de lotería le ofrecía la suerte para el domingo, yo con gran entusiasmo miraba las estatuas de la plaza e imaginaba estar en medio de un palacio imperial.

Mi amada ciudad es el vivo recuerdo de mi padre, con el que compartí caminar por los parques, con el que descubrí un pequeño bosque en la antigua Casa Presidencial, muchas veces caminamos por La Leona a la hora que la tarde se despide y en un parpadeo se miraba otro paisaje: “Tegucigalpa de noche como Cerro de Plata”.
Son tantos los recuerdos que invaden mi mente que solo se me ocurre guardar el calidoscopio de Tegucigalpa, mi ciudad y esperar para ver nuevamente, no sin antes decir que somos nosotros los que construimos la imagen de Tegucigalpa, sin temor, sino llenos de orgullo de ser “tegucigalpenses. “

martes, 23 de agosto de 2011

Viajando con Artemis: Bienvenidos

Viajando con Artemis: Bienvenidos: Hola!!!
Espero poder llenar las expectativas de aquellos que navegamos por este infinito océano de conocimiento, y ya que es tan grande que...

Bienvenidos

Hola!!!
Espero poder llenar las expectativas de aquellos que navegamos por este infinito océano de conocimiento, y ya que es tan grande que trataremos de hacer un collage, de todo un poco y sorbo a sorbo lo disfrutaremos.
Están en casa...