sábado, 8 de octubre de 2011

Los tres Tolstói

La figura enorme y avasalladora dentro del mundo de la literatura que supone León Tolstói hace que cuando hablamos de Tolstói -a secas- todos tengamos presente de quién estamos hablando, de ese ruso barbudo con mal genio, padre de la novela moderna y autor de Guerra y Paz, Anna Karénina, La muerte de Iván Ilich o Los cosacos.

Además, Tolstói fue una figura popular de alcance mundial, algo desconocido para la época, y más en la Rusia zarista de principios del XX. Mucha gente desconoce la influencia de Tolstói sobre gente como Gandhi y en el pensamiento de la no resistencia.

Pero diez años antes del nacimiento de León Tolstói llegó al mundo Alekséi Konstantinovich Tolstói, primo lejano de León, y que se mantuvo en una línea mucho más cercana al título de conde que portaba su primo que él mismo, estando ligado a la cancillería real y siendo incluso maestro de ceremonias en la corte de Alejandro II.

Alekséi K. también tenía el gusanillo de la literatura, dicen que por la influencia que Goethe, a quién conoció de niño, tuvo sobre él. Su obra es romántica, nacionalista y escribió desde poesía a obra teatral, siendo muy famosos sus cuentos sobre leyendas rusas El vampiro y La familia del Vurdalak, dos pequeñas joyas publicadas hace poco en español.

Pero la familia Tolstói de escritores no queda aquí, complicándole más el asunto a libreros y lectores que se ven arrollados por la diferente grafía con la que se traducen los símbolos cirílicos al castellano. Alekséi Nikolayevich Tolstói, el más joven de los tres, nacido en 1883 en Pugachyov. Su nombre, Alekséi, se le puso en honor de Alekséi K. -con quien se le suele confundir- y fue criado alejado de la corte y la nobleza por culpa de un enorme escándalo de amantes, duelos y engaños protagonizado por sus padres.

Esto podría resultar anecdótico, pero Alekséi se crió ateo y antimonárquico, leyendo a Marx y a Plekhanov. Hasta los 13 años no conoció la identidad de su verdadero padre, el Conde Nikolai Tolstói, y siempre se negó a conocerlo en persona. A su muerte heredó una pequeña fortuna y el nombre de la familia. Pese a todo, siguió con sus ideas políticas y su afición por la escritura, animado por autores como Gorky.

Alekséi N. vivió muchos años en París y Berlín, pero se hizo muy famoso en la Unión Soviética por sus novelas procomunistas, entre las que me gustaría llamar la atención sobre Aelita -recién editada por la gente de Nevsky-, una novela de ciencia ficción en la que los soviets se lanzan a viajar hasta Marte. (Al parecer los rusos llevan desde entonces con el mismo proyecto).

Gracias a sus novelas, e historia pasada, Alekséi N. fue uno de los pocos nobles que podía exhibir sin problemas su título de noble, siendo llamado popularmente Camarada Conde.

Estos son entonces los tres Tolstói: León, Alekséi Konstantinovich y Alekséi Nikolaevich, tres maneras muy diferentes de vivir, soñar y entender la vida y la literatura.

Alfredo Álamo, Lecturalia.

http://www.lecturalia.com/blog/2010/06/24/los-tres-tolstoi/

Quijote, su creador y el valor de la amistad


Un titán (Jorge Luis Borges) exhuma a un coloso (Miguel de Cervantes), que fue su modelo. «Siempre hay placer, siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar a Don Quijote como un amigo», escribe Borges, que veía en el prodigio literario nacido en la ciudad de Alcalá de Henares la encarnación de las letras y de las armas. Minutos antes de expirar el 15 de junio de 1986, en Ginebra, le preguntaron:

—«¿Quién es Borges? ¿Cervantes, el Quijote o Alonso Quijano?»

Fulminó Borges: «¡Los tres!».

Ahora, un texto inédito en español reúne a esta santísima trinidad literaria. En 1968, Borges pronunció una conferencia en la Universidad de Austin (Texas) sobre «Don Quijote de la Mancha», pero con una visión particular, diferente y muy enriquecedora. La pieza, rescatada por Julio Ortega, profesor de la Universidad de Brown, la publica en su versión completa y definitiva —que incluye el original en inglés, su traducción al español y la grabación del audio original— Del Centro Editores.

El milagro cervantino

«Hay ciertos personajes —discurría Borges—, y esos son, creo, los más altos de la ficción, a los que con seguridad y humildemente podemos llamar amigos. Pienso en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, en Peer Gynt, y en no muchos más». Y pensaba, por supuesto, en Alonso Quijano, «un personaje que existe más allá del mundo que lo creó», expresa el autor de «El Aleph». En esta obra inédita, Borges habla de su relación de amor y de amistad con el Quijote, y con Cervantes, «de los que se siente muy cerca», señala a ABC el editor de la obra, Claudio F. Pérez Míguez. Borges consideraba la amistad como una pasión argentina, y ensalza el amor que en él despertaron Quijano y Cervantes para lograr ese «milagro».

Este inédito de Borges sobre el Quijote (del que reproducimos un capítulo) será presentado mañana en el Centro de Arte Moderno de Madrid (Galileo, 52) por la viuda de Borges, María Kodama, presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Se trata de una edición artesanal, única y numerada, de cien ejemplares, ilustrados por Ricardo Horcajada.

La Hiedra (Dr. Fernando Mires)

Este artículo es una de las nuevas genealidaes de mi admirado Dr Fernando Mires:

Pasaron desde aquel ayer/ ya tantos años/ dejaron en su gris correr/ mil desengaños/ Mas, cuando quiero recordar nuestro pasado/ te siento cual la hiedra/ ligada a mí/ Y así, hasta la eternidad/ te seguiré/ Yo sé que estoy ligado a ti/ más fuerte que la hiedra/ porque tus ojos de mis ojos/ no pueden separarse jamás/ Donde quieras que tú estés/ mi voz escucharás/ llamándote con ansiedad/ por la pena, ya sin final/ de sentirte en mi soledad/ Jamás la hiedra y la pared/ podrían acercarse más/ igual, tus ojos de mis sueños/ no pueden separarse jamás/ Donde quiera tú estés/ mi voz escucharás/ llamándote con mi canción/ más fuerte que el dolor/ se aferra nuestro amor/ como la hiedra


La imagen está muy bien lograda: la hiedra es una planta trepadora y enredosa (he conocido a personas que unen ambas cualidades). Hunde sus profundas raíces en la tierra y se eleva hacia el cielo y, así creen algunos que encontrando donde enredarse, seguirá trepando hacia al infinito. Esa creencia es muy popular pero, por lo mismo, infundada. Una hiedra no crece hasta el infinito sino máximo 20 metros. Pero después no muere; simplemente deja de crecer. De algún modo, ya sea porque la hiedra trepa hacia el cielo; ya sea porque se piensa que es infinita en su trepar; ya sea porque no se sabe cuándo muere, lo cierto es que hay varios datos que permiten imaginar que la hiedra es una planta eterna. Así, la hiedra es la metáfora de una vida que trasciende a su propia muerte.


            Por si fuera poco, las hiedras son siempre verdes.
Para ellas no existe el otoño que marchita pétalos y plantas. En cierto modo ellas  desconocen el paso del tiempo. Da la impresión de que vivieran en otro tiempo o, lo que es aún más impresionante: más allá del tiempo. Cuando tantos han cantado a las “hojas muertas” no pensaron, por supuesto, en las hojas de la hiedra. En cualquier caso, ellas trascienden nuestra vida y, después de irnos, seguirán viviendo sin nosotros. A diferencia de otras plantas, ellas casi no requieren de ningún cuidado. No nos necesitan ni nos quieren. Son autónomas, independientes, soberanas, libertinas. 
Hay, si no una tendencia hacia la infinitud, por lo menos hacia la eternidad en cada hiedra. Basta que un pequeño tallo o incluso una simple rama permanezca en tierra húmeda para que al cabo de poco tiempo avance, agarrándose a cualquier cosa que encuentre en su camino. En cierto sentido, observando la hiedra, la que cada cierto tiempo tengo que cortar para que no reproduzca su verdor siempre oscuro, he llegado a pensar que de algún modo ella ya pertenece al reino animal.
A diferencia de otras plantas que antes que nada buscan el sol, la hiedra busca objetos donde afirmar su desordenada existencia; no sólo paredes, árboles, arbustos que con su peso derriban y ahogan, piedras, cualquier palo. En su búsqueda incesante, tengo la impresión de que las hiedras tienen ojos. Siempre saben donde hay un objeto para enredarse y hacia allí avanzan como si fueran serpientes hasta que encuentran lo que quieren. Un lugar para trepar, porque trepar es para ellas, ser. Pero si no trepan, las hiedras no mueren; se enrollan en sí mismas y crecen como manojos intrincados de fieras venas verdes.
Nadie podrá desatar los nudos de las hiedras cuando crecen entre sí, enamorándose de su espeso verdor, convertidas en objeto de su objeto, dando alojo y cobijo a los vivientes que aman la oscuridad y encontrarán debajo de las hiedras anudadas el hogar que más desean. Hasta las ratas, esos signos animados que anuncian la descomposición de los cuerpos, aman a las hiedras cuando en sí mismas se enredan. Así suele pasar también con el amor cuando, como si fuera una hiedra y no pudiendo encontrar en quien enredarse, se nos enreda en el alma, ahogándonos e impidiéndonos así vivir.
Ni siquiera de los frutos de la hiedra puede el hombre vivir porque los frutos de la hiedra, sobre todo cuando son negros o rojos, matan. La hiedra es portadora de un nupcial veneno. La hiedra no muere pero mata, y en el caso de la ya legendaria y popular canción, mata de amor y, lo que es peor: sin matar el amor. 
En la imagen aterrada de la canción, la hiedra no es una mujer: es el recuerdo siniestro de una mujer que avanza desde el más lejano pasado hasta el presente de un hombre alucinado, un recuerdo que lo ata en el tiempo, que lo ahoga y no lo deja vivir, besando como una “mujer araña”. Atado el pasado del hombre en la hiedra, él no puede avanzar hacia el futuro, lo que es igual a decir que no puede seguir viviendo: sólo se vive hacia el futuro. Mas, en un momento, él confiesa que no es ella la que está ligada a él sino a la inversa: él es la hiedra: Estoy ligado a ti, más fuerte que la hiedra.. ..
Ese enloquecido amor es sólo en parte el amor de la hiedra. En otra parte es la del amor del narciso, el amor del narcisista. Porque al igual que la hiedra, la hermosa flor del narciso contiene un aceite que mata y es más venenoso aún que los diminutos frutos rojos y negros de la hiedra.
Narciso, recordemos, al mirarse en las aguas de un arroyo murió frente a la imposibilidad de entregar su amor a otro que no fuera a él mismo. El amor narcisista es por esa razón monstruoso como el de la hiedra cuando imposibilitada de encontrar donde afirmarse se enreda en sí misma, albergando bichos y ratas dentro de su verde vientre. El amor de la hiedra sin sostenimiento, al igual que el del humano sin un objeto de amor que sostenga su alma errática, es un amor alucinante y alucinado. Por eso la canción nos habla de un hombre que incapaz de soportar su propia alucinación la adjudica (proyecta) a la mujer ausente, diciéndole que donde ella esté escuchará su voz, la de él, no la de ella. Sin embargo, ese desdichado ni siquiera escucha su propia voz. Sólo escucha su Echo.
Echo era la ninfa que suplicaba a Narciso su amor. Narciso no escuchaba la voz de la ninfa Echo que tanto lo amaba. Sólo escuchaba el eco de su voz en sí.
El hombre de la canción imagina que él es la pared que sostiene a la hiedra. Ha olvidado que él es la hiedra sin paredes ni casas que crece y crece hacia dentro, matando su amor con sus frutos amargos. La verdad es que él no sólo no sabe de amor sino tampoco de paredes y mucho menos de hiedras. Porque la pared es para la hiedra una oportunidad que le brinda la vida para elevar sus ojos al cielo y ser así feliz.
La pared garantiza a la hiedra su libertad de ser. No hay nada más hermoso que una hiedra unida a una pared. Incluso, gracias a la pared, se vuelve la hiedra generosa consigo y con los demás. A la hiedra que crece hacia el cielo llegan los pájaros, se anidan, se besan, hacen sus píos-píos y se van. La hiedra en la pared acoge a la vida, nunca a la muerte y a la vez, la hiedra protege a la pared de los vientos, de los fríos, de la nieve y del calor del sol. No hay amor más perfecto, más complementario, más solidario que el que se da entre hiedra y pared. Las paredes de una casa, cubiertas de hiedra, no necesitan siquiera ser pintadas. La hiedra las adorna, las embellece, las perfuma y las posee.
¡Amantes del mundo, sean pared y hiedra, hiedra y pared! No se dejen seducir por la canción pues lo que tiene que hacer él, al fin, si es hiedra, es buscar una buena pared que lo afirme y lo acoja. Y si es pared, recibir a cada hiedra que venga para que llore sobre su piel desnuda. Sin paredes no hay casas, sin casas no hay hogar. Si las hiedras que cubren la casa trepan sobre la pared, tus días fríos serán más tibios; y si llega el calor, tendrás la sombra que consigo trae esa hiedra, que es la vida toda.
- La pared es la diosa de la hiedra- dije un día a ella
- Si - me contestó- Y la hiedra es la diosa de la pared.

15 Grandes frases de Steve Jobs



El genio de Apple es recordado por algunas de sus frases que confirmaban su espíritu emprendedor en el mundo de la tecnología.

1. Tenga un criterio de calidad. Algunas personas no están acostumbradas a un entorno en el que se espera la excelencia.

2. Cuando se innova, se corre el riesgo de cometer errores. Es mejor admitirlo rápidamente y continuar con otra innovación.

3. La mayoría de la gente piensa que el diseño es una chapa, es una simple decoración. Para mí, nada es más importante en el futuro que el diseño. El diseño es el alma de todo lo creado por el hombre.

4. Si vives cada día de tu vida como si fuera el último, algún día realmente tendrás razón.

5. El mercado para los ordenadores personales está muerto. La innovación ha cesado, virtualmente. Microsoft domina con muy poca innovación. Se acabó. Apple perdió. Ese mercado ha entrado en la edad oscura, y va a estar en esa edad oscura durante los próximos diez años.

6. Es mejor ser pirata que alistarse en la marina.

7. Cuesta demasiado diseñar productos a partir de grupos cerrados. La mayoría de las veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas.

8. La innovación es lo que distingue a un líder de los demás.

9. Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? Y si la respuesta era no durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo.

10. Hay que decir no a mil cosas para estar seguro de que no te estás equivocando o que intentas abarcar demasiado.

11. Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición.

12. Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar ahí.

13. A veces la vida te va a pegar en la cabeza con un ladrillo. Pero no pierdas la fe.

14. Muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas.

15. Todo lo que uno hace en la vida, en determinado momento te va a servir para algo

Una Cierta Nostalgía (María Eugenia Ramos)


Todo está oscuro. Todo. Creo que hasta la oscuridad que rodea a un ciego es menor que esta. Un ciego percibe los cambios de luz a través de los párpados cerrados. Yo no. Aquí lo negro es insondable. Un ciego percibe la diferencia entre el día y la noche porque percibe el frío y el calor en la piel. Aquí solo hay una quietud, un vacío tan hondo que he perdido hasta mis propios límites.
Al principio estiraba las manos y buscaba a mi alrededor. Pero pronto me convencí de que podía moverme, estirarme y aun caminar, pero siempre en el mismo sitio. Digo “pronto” por decir algo, pero en realidad el tiempo se ha detenido en el aire como una bola de cristal rota.
No sé cuánto hace que he perdido la nostalgia. Cuando aún la tenía, la gran ventaja de la oscuridad absoluta era que no necesitaba cerrar los ojos para devolver, no solo a mi memoria, sino también a mi cuerpo, las sensaciones de lo que fui alguna vez.


Por instantes me atormenta la calidez de la piel de una mujer que me rodea con sus suaves piernas y me atrae hacia el centro de una vorágine roja como un incendio. Pero cuando estoy en la misma orilla del placer, el olor de la pólvora me sacude de pronto como un latigazo y tengo la sensación de una quemadura en el pecho, un agujero cuyos bordes se van agrandando cada vez más.

Fugazmente me asalta la idea del viento soplándome en la cara y cierta humedad en el rostro. Por momentos me parece que el vacío toma la forma del casco de un barco. El viento sigue soplando en mi cara y escucho el rumor de las velas que se hinchan. Sí, puedo tocar mi rostro, llevarme el dedo a los labios y sentir el sabor de la sal. Solo que no podría asegurar si esta humedad es del mar o de las lágrimas.

Ahora, mis piernas se arquean para aprisionar una superficie dura y escucho el resollar de una bestia bajo mi cuerpo. Bajo mis manos se tensan sus músculos y el sudor apelmaza sus crines. La sangre cae espesa y roja, mojándome el pantalón. Un olor acre a sudor de caballos y de hombres flota a mi alrededor.

De pronto, un tintinear de vajilla fina, susurro de holanes, risas, las notas de un piano que bajan por una escalera de caracol. Luego, brillo de espuelas al ras de un piso de baldosas, pies femeninos que asoman bajo las faldas. Caderas anchas, cinturas finas, escotes y cabellos sedosos que podría tocar, pero no intento hacerlo por temor a que vuelva la oscuridad.

Ahora escucho graves voces masculinas y percibo el engolamiento de las frases, aunque no las entiendo. El leve rasgar de las plumas sobre el papel resuena en mis oídos como una tormenta. Escucho el metal hueco de las medallas que caen al suelo y tintinean con eco de monedas falsas.


De nuevo la oscuridad y el silencio. Creo que he perdido la capacidad de recordar. Ahora mismo estoy hablando de sensaciones, pero solo tengo palabras vacías que no despiertan en mí ninguna visión. No sé si es lo mejor. No siento dolor, no sufro de hambre, no me agobia el sueño. Tampoco percibo el paso del tiempo. Lo único que mantengo intacta es la capacidad de pensar, aunque pocas veces pueda asociar las ideas con sensaciones corporales.
Todo lo que digo es como si se refiriera a otra persona, a alguien que yo fui, tal vez, en otro tiempo. Ni siquiera puedo recordarme físicamente. Me gustaría saber si fui alto o bajo, grueso o delgado, blanco o indio. No me gustaría morirme sin tener la imagen de mí mismo, sin poder ver mis manos y escuchar mi voz.
Se me podría preguntar por qué, después de todo, creo que no estoy muerto. Es difícil responder, pero tengo la sensación, si puedo llamarla así, o más bien el reflejo, de que hay personas que me buscan. Y nadie busca a los muertos. Se les quiere, se les recuerda, pero no se les busca. Solo se busca a los vivos.
Me siento cansado, terriblemente cansado, como si mi cerebro se hubiese visto obligado todo el tiempo a pensar, a tomar decisiones difíciles. Seguramente hubo a mi alrededor muchas personas. Debo haber tenido mujer, hijos, amigos y también enemigos entre todos esos seres que pasan flotando sin rostro. Pero todo es tan incierto. Todo mi pasado, todo yo, se reduce a las palabras y a sombras que se alejan, cada vez más distantes. A veces siento que estoy a punto a confundirme con la nada que me rodea. ¿O será que el agujero negro que me carcomía el pecho ha terminado por devorarme el corazón?
Creo que lo que me da la seguridad de no estar muerto es el eco de una esperanza. He sabido que cuando a alguien le amputan una mano conserva la facultad de sentir dolor o escozor en ella. De esta misma forma, seguramente, es que mantengo una sombra de esperanza, la de que esas personas que me buscan terminarán por encontrarme en la oscuridad.
De vez en cuando, fantasmas de sonidos atraviesan las tinieblas y pasan a mi lado. «Escucho», porque en realidad los sonidos resbalan sin fijarse en mi mente, palabras pronunciadas en voz alta, como si se tratara de discursos. Y me parece que se dirigen al ser que yo fui, aunque no podría decir en qué me fundamento para albergar esa creencia.
Tengo que confesar, sin embargo, que me estremezco como si estuviera a punto de recuperar la debilidad de mi carne y mis huesos cuando percibo un rumor sobre mi cabeza, una ola lejana que crece hasta convertirse en una marejada. Si estuviera muerto, diría que decenas, centenares, miles, millones de pies descalzos están pasando sobre mi tumba. Ni siquiera novecientos cañones pueden pesar tanto como esta tropa hambrienta y desamparada. Casi quisiera estar muerto para que con el roce de sus pies horadaran la tierra y abrieran una hendidura por donde entrara el sol.
Pero no estoy muerto, y estas imágenes que flotan a mi alrededor son los fantasmas del pasado, empujándome hacia un mundo tan desconocido como anhelado para mí. No sé hacia dónde voy, pero solo se trata de volver atrás, de borrar los bordes del agujero que me perfora el pecho, de abrirme paso en las tinieblas, hacia la orilla lejana de los que me están buscando, de volver a ser yo mismo, solo un hombre

¿o un hombre solo?

Mientras llega ese momento, sigo recorriendo estas palabras vacías, estériles, incapaces de hacerme vivir, pero suficientes para no dejarme morir en las tinieblas