martes, 31 de enero de 2012

Yanomami, El centro del mundo


El centro del mundo

Allí donde los árboles gigantescos forman una barrera boscosa que traspasa laberintos de lajas amontonadas, el Orinoco hila su primer caudal. En su nacimiento, este pequeño riachuelo corre por entre helechos arborescentes y orquídeas multicolores que parecen insectos trepando por húmedos troncos para alcanzar, difícilmente, los primeros rayos solares.
A escasa distancia, en un claro de la misma selva que viera hace miles de años el prodigioso nacimiento de la primera mujer yanomami, fruto de la pantorrilla preñada de un hombre, se alza el gran alero circular de la vivienda colectiva, llamada shabono. En su patio central, sobre guijarros de cuarzo que resplandecen como llamaradas y ante la mirada impasible de mujeres presurosas que acarrean los frutos de palma o preparan alimentos, los chamanes se reúnen para susurrar largamente las fórmulas sagradas del mundo invisible.
Tras cada inhalación de yopo se abre ante ellos un universo fantástico de ubicuidad que les permite trascender los más insólitos estados y ser, a un tiempo, jaguar o anaconda. Pues los hékura, espíritus del mundo natural, viven y crecen en su pecho como árboles mágicos. Ya en la noche, cuando el frío acaricia los cuerpos desnudos de hombres que descansan en chinchorros de bejuco, y las madres duermen abrazadas a sus niños, cuando los fogones familiares parecen a punto de extinguirse, un viejo chamán sueña con sus hékura mayores. Así, semidormido, como en cascadas multicolores, los ve entrar en el shabono. Ellos vienen a ayudarle a defender a su gente de todo mal.
Al despertar, el viento mece los árboles y el aire trae funestos presagios. Mokota-riwe —espíritu del sol—, con sus ojos incandescentes observa desde su shabono cósmico la vida cotidiana del poblado. Desde allí, cuando la luz solar se encuentra en su punto más alto y todo el paisaje se satura de calor, los fulgores de Mokota-riwe sofocan cuerpos y almas infantiles.
Cuando un niño fija los ojos en el cielo y su boca se reseca por la fiebre, es porque el alma le ha sido robada. Es preciso salir a buscarla. Entonces los chamanes emprenden los caminos secretos que conducen al cielo. Como sapos cruzan el patio central del shabono. Sus hékura protectores vienen a acompañarlos desde los cerros y peñascos más elevados. Formando una muchedumbre ascienden en loco tropel por un andamio invisible. Un vocerío de invocaciones resuena en todos los puntos cardinales: “Espíritu de la marimonda, no nos dejes caer; espíritu del mono, sostén la escalera celestial; tú, espíritu de la anaconda, ayúdanos a no zozobrar…”.
Ya en las alturas, cuando los ojos de los chamanes parecen espejos que reflejan abismos infinitos, han alcanzado el shabono de Mokota-riwe. Allí entran en duro combate con las gentes del espíritu solar, cuyas heces queman más que el fuego. En medio de una sofocación persistente y con la ayuda de la extraordinaria puntería de sus hékura protectores, hacen frente al implacable ataque de flechas incandescentes. Así logran dominar al espíritu del sol y recuperan el alma perdida.
En el chinchorro, el niño enfermo llora. Cuando los chamanes regresan, el que ha logrado recuperar el alma entona este monótono canto: ¡Xaru, xaru, xárura wa! ¡Kreti wa! Como un arrullo va durmiendo al niño. Al escucharlo acuden sin falta los hékura femeninos. Ellos refrescarán el ardiente cuerpo infantil con la mágica caricia de sus manos frías y su gélido aliento. Al final, los chamanes, muy cansados, se retiran. El rito curativo ha concluido y el niño sanará.
Así, cotidianamente, mientras su mundo sufre profundas metamorfosis y un ejército de mineros, ávidos de oro, envenena con mercurio sus extensos territorios, ríos y lagunas, los yanomami viven, en un tiempo que no les da tregua, la pasión ardorosa de la vida y de la muerte*·.
Su etnia es el centro del mundo. La autodenominación yanomami significa hombre, gente o especie. Todo lo que se opone o es diferente a yanomami se llama nape. Con este término califican a los indígenas de otros grupos y a los criollos o, en general, a todos aquellos que no merecen ninguna consideración, pues nape es un enemigo potencial1.
Consideraciones lingüísticas hicieron que los yanomami fueran considerados un grupo aislado por Theodor Kock-Grünberg y Cestmir Loukotka. Posteriormente, Joseph Greenberg, Charles y Florence Vögelin los relacionaron con la familia lingüística macrochibcha. Un trabajo reciente, realizado por Ernesto Migliazza, sugiere la vinculación entre la lengua de los yanomami y el protocaribe. Sin embargo, hasta el momento ninguna de estas hipótesis ha sido comprobada, aunque es evidente que los yanomami se encuentran ubicados en la confluencia de tres grandes áreas lingüísticas, como son la arawak, caribe y tupi.
Con el tiempo han surgido varios grupos yanomami que poseen un sustrato lingüístico y cultural común. De ellos se pueden distinguir cuatro grandes subgrupos: los sanema, al Noroeste; los yanam, al Noreste; los yanomami, al Suroeste y los yanomam, al Sureste. De ellos, los sanema y yanomami viven en Venezuela; los otros grupos viven en Brasil2.
Esto ha hecho que a los yanomami se les distinga con una gran variedad de términos3. Tal es el caso de xiriana (shiriana), o xirixiana (shirishiana), hirixiana, kirischiana, shidishana, shamatan, uaharibo, sanema, guaica, uaica y waika. Durante muchos años, esta última denominación se usó para designar a los yanomami en Venezuela.
Ya en 1758 se conocía de la existencia de los yanomami en la sierra Parima y en el alto Orinoco. Posiblemente, para el momento de los primeros contactos con los europeos, se encontraban en pleno proceso de crecimiento demográfico y de expansión geográfica. Esto los llevó a explorar territorios aledaños a sus regiones ancestrales, como son las riberas del Orinoco, Padamo y Mavaca. Es posible que en las zonas norte y oeste de su territorio, los yanomami chocaran con los ye'nkuana, quienes lograron detener su avance.
Al parecer, la introducción de artefactos de metal fue tardía en este grupo. Ésta comenzó después de 1900. Sin embargo, se podría decir que hasta 1950 los yanomami se mantuvieron al margen, debido a las epidemias y a la caza de esclavos, factores que provocaron un vacío demográfico alrededor de la sierra Parima, lugar de difícil acceso. Estudios recientes sostienen que a partir de 1950 se incrementó su contacto con la población criolla, lo cual trajo como consecuencia la aparición de nuevas enfermedades como gripe, paludismo, sarampión, lechina y rubéola, que diezmaron brutalmente la población4.
Los yanomami ocupan actualmente un amplio territorio en el límite occidental del Escudo Guayanés. Este territorio está dividido en dos áreas de iguales proporciones, entre Brasil y Venezuela. Se podría decir, en lo que corresponde a Venezuela, que su centro geográfico es el espacio comprendido entre sierra Parima y el Orinoco, particularmente las cuencas de los ríos Ocamo, Manaviche y Mavaca, región que se caracteriza por una ecología de bosque tropical y sabanas de poca extensión. Las inmensas moles rocosas, frecuentes en esta zona, forman parte del Escudo Guayanés. Allí predominan los cuarzos precámbricos, la piedra arenisca, el granito y el gneis.
El clima se caracteriza por fuertes precipitaciones y cambios considerables de temperatura entre día y noche. Grandes cursos de agua cubren la región en la que raudales y caños desembocan en el Orinoco, río que nace en territorio yanomami. En la estación seca, que va de marzo a octubre, los ríos bajan hasta dejar al descubierto buena parte de su lecho, formando playas de arenas cristalinas. Al iniciarse las lluvias, los ríos crecen de manera súbita e inundan la selva.
Sin embargo, como ha señalado Chagnon, a la hora de considerar el ambiente, además de tierras, bosques o recursos naturales diversos, hay que tomar en cuenta gentes, aldeas, dimensiones físicas, sociales, políticas y bélicas5.
Formas de vivir
Al parecer los yanomami se dedican a la agricultura desde hace mucho tiempo. Las fechas de introducción de esta actividad han sido objeto de una larga polémica. Algunos investigadores, entre ellos: T. Koch-Grünberg, O. Zerries, E. Migliazza y J. Wilbert, sostienen que su modo de vida se dedicó exclusivamente a las labores de caza, pesca y recolección, cuestión que Chagnon y Lizot han objetado, pues, según ellos, no existe ningún hecho empírico que confirme que la agricultura no ha sido, entre ellos, un oficio tradicional6.
Por otra parte, en su documentado trabajo de campo, Chagnon amplía este punto de vista. Según el autor, aunque los yanomami dedican mayor tiempo a la caza que a la agricultura, una buena parte de su comida, aproximadamente entre 80% y 90% de los alimentos consumidos, proviene de plantas cultivadas en conucos.
Si bien los yanomami fueron persistentemente descritos por los primeros visitantes de la región como cazadores-recolectores, esta opinión pudo estar influida por una visión romántica, según la cual este grupo desconocido y remoto debía “vivir en las condiciones más primitivas imaginables”, y en consecuencia se supuso que eran simplemente cazadores y recolectores7.
Por lo general, las tierras utilizadas en faenas agrícolas son escogidas por un consejo de ancianos. Los huertos suelen abrirse sobre las riberas de los ríos o caños, en las inmediaciones de la vivienda colectiva, como observó el padre Luis Coco8. Las condiciones para la apertura de un nuevo conuco son: posibilidad de llegar a él caminando o navegando, terreno bien abonado, ausencia de piedras, ausencia de árboles corpulentos y plantas espinosas, suelo fértil y situación estratégica contra posibles robos, además de una serie de aspectos de carácter mágico-religioso que hacen favorable la agricultura.
La agricultura de tala y quema implica tres operaciones iniciales: desbrozar el área cortando el sotobosque o peyey, tumbar los árboles o kayapamou, y una quema selectiva de vegetación llamada ishinomou. En el pasado, la limpieza de las parcelas se hacía con hachas de piedra y los árboles se tumbaban con la ayuda del fuego. La introducción de hachas y machetes de hierro alivió considerablemente el trabajo agrícola. Actualmente, entre los distintos tipos de machete prefieren el llamado “chafarote”, por su resistencia. Es posible que los yanomami hayan conocido los instrumentos metálicos por intermedio de los ye'nkuana, quienes los conseguían en Angostura desde finales del siglo XVIII.
Chagnon sostiene que el acceso de los yanomami a utensilios metálicos data de hace cien años, hecho que ayuda a comprender las razones del incremento de población. Esta “explosión demográfica”, señala el autor, pudo estar relacionada con la introducción de cultivos más productivos y con el uso de utensilios más eficientes. Además, la existencia de aldeas no contactadas es algo relativo, pues aunque sus habitantes no hayan tenido relaciones con forasteros, sus ancestros pudieron disfrutar de algunos beneficios derivados del uso de objetos exógenos introducidos por los europeos, cuyo uso se difundió rápidamente entre las culturas que habitaban la región. Este proceso implicó cambios y transformaciones profundas, aunque no hayan sido necesariamente producto del contacto directo9.
Los yanomamis cultivan plátanos y bananos de muy diversas variedades en gran cantidad. A éste le sigue en importancia la yuca dulce y otros tubérculos como el ocumo, el mapuey, la batata y el ñame. Por el contacto con los ye'nkuana, quienes los proveen de sebucanes y ralladores, inician la siembra de yuca amarga con la que preparan mañoco y cazabe.
Siembran también una serie de plantas mágicas, colorantes, alucinógenas y medicinales, tales como el tabaco, que los hombres cuidan con esmero. Algunos sectores del conuco se dedican al cultivo de algodón y otras fibras para la confección de cordelería, adornos personales y chinchorros. Al borde de los conucos plantan palmas de pijiguao, útiles por sus frutos y tallos flexibles usados en la fabricación de arcos. No falta tampoco el maíz, cuya germinación involucra a las mujeres en una serie de ritos propiciatorios, como pintarse el cuerpo con diseños geométricos antes de depositar las semillas.
La caza es la actividad de subsistencia a la que los hombres yanomami se dedican con mayor entusiasmo10. Los grupos de cazadores llevan consigo un arco y varias flechas de aproximadamente dos metros de largo, confeccionadas con un tallo de caña brava, recto y liviano. Usan puntas arponadas y lanceoladas, las primeras para cazar aves, animales pequeños y peces; las segundas para cazar animales de mayor tamaño. Acostumbran decorar las puntas de madera con dibujos geométricos en colores rojo y negro; en la parte posterior de las flechas, para dar equilibrio, suelen fijar plumas de paují.
El curare11 es la principal sustancia venenosa que utilizan los yanomami para cazar. Este veneno se obtiene por medio de un proceso químico que implica mezclar sobre el fuego y pulverizar cortezas de un árbol del género Strychnos y otros componentes vegetales. El polvo producido se coloca en un embudo hecho con hojas verdes, sobre el que se agrega, poco a poco, agua hirviendo. El veneno va cayendo sobre un recipiente de hojas, deslizándose lentamente por las nervaduras, que actúan como vertedero del embudo.
Las puntas de las flechas, previamente enrojecidas con onoto, son colocadas entre un atado de hojas de plátano que las sostienen sobre el fogón. Mientras tanto, con una especie de brocha, las van pintando con curare. Por lo general, las puntas presentan muescas transversales con el propósito de hacerlas quebradizas, de forma que al penetrar se partan dentro de la herida, lo que hace más fácil la entrada del veneno en la sangre. Por ejemplo, un mono puede halar y extraerse una flecha, pero no una punta que se ha roto y que se encuentra hundida en su cuerpo. El curare gradualmente va relajando al animal, que se desploma en la tierra en vez de morir en lo alto de un árbol adhiriéndose a las ramas12.
El carcaj o thora se fabrica con un pedazo de bambú, usando como fondo uno de sus nudos y como tapa la piel de algún animal. En éste se colocan varias puntas de repuesto, hilos o bejucos para asegurar las puntas a las astas, resina y fósforos para prender fuego, una suerte de buril de hueso para fabricar rápidamente flechas nuevas, y una serie de materias mágicas para propiciar la cacería.
Cada hechizo usado para mejorar la puntería se asocia con un animal determinado. Sin embargo, con la introducción de la escopeta se han ido modificando las condiciones de cacería, cuyas técnicas tradicionales mantenían un equilibrio entre el hombre y el animal. Las armas de fuego, al asegurar una decisiva ventaja, hace que la fauna comience a escasear.
Los cazadores se desplazan por la selva en pequeños grupos, sobre todo en la época de las “aguas bajas”, cuando se puede caminar rápidamente sobre un suelo casi seco, pues los ríos han reducido su volumen y los pantanos son tan sólo verdosas charcas donde proliferan los insectos13. Éste es el tiempo en que la caza es más fácil; los pájaros han anidado y son fácil presa si se los engaña con la imitación de sus cantos.
Los cazadores conocen bien las costumbres de los animales: saben dónde comen, beben o duermen, identifican sus huellas e imitan su canto o chillido. Según el padre Coco14, los yanomamis temen a la noche. En su mundo, saturado de espíritus maléficos, es necesario que la cacería se practique de día.
Los yanomami distinguen dos tipos de cacería: una llamada rami, con la que aseguran las necesidades diarias de carne, y otra llamada heniyomou, que realizan todos los varones de la comunidad, quienes se reúnen y cooperan entre sí. Ésta se practica en la inmediaciones de la vivienda colectiva, nunca más lejos que un radio de 10 o 15 kilómetros, por lo cual no pernoctan ni llevan provisiones. Cuando preparan una gran celebración o quieren agradar a huéspedes especiales, un grupo de cazadores se ausenta por unos días para acampar en lugares apartados.
Cuando el heniyomou se hace por un funeral, se lleva a cabo el ritual de cacería heri, el cual se inicia en las primeras horas de la noche con la entonación de una serie de cantos15 y danzas ejecutados por adolescentes de ambos sexos. En cada comunidad hay sencillos y poéticos cantos heri.
Como ha observado Lizot, este rito de juego y canto dura varias noches. Los jóvenes entonan cantos recién inventados, y por ello mal repetidos, saltando sílabas o palabras en medio de una alegría desbordante de risas y bromas obscenas, cuya evidente connotación sexual expresa el antagonismo entre lo femenino y lo masculino, el día y la noche, el silencio y el ruido16.
Los yanomamis solían pescar con arcos y flechas de puntas arponadas. Sabían perfeccionar anzuelos de hueso y conocían el uso del barbasco, para lo cual usaban el bejuco llamado ayari-tooto, el cual produce una sustancia narcótica que asfixia a los peces. Actualmente, el uso del anzuelo metálico ha ido modificando casi por completo las viejas técnicas de pesca. Ahora disponen de curiaras, pues han aprendido el arte de la navegación; pescan con cañas, boyas e hilos de nailon. En la noche utilizan arpones metálicos y linternas. Las mujeres yanomamis son excelentes pescadoras. En los pozos que dejan los ríos en el estiaje, atrapan los peces con la mano y los matan mordiéndolos en la nuca. Como ha señalado el padre Coco, el temible temblador no las amedrenta. Cuando lo encuentran salen del agua y se arman con palos, con los que lo vapulean hasta matarlo17.
La recolección es la actividad más antigua y poética18 que practican los yanomami. Por ella se abandona la vida comunitaria de la aldea para vagar por la selva en busca de frutos, semillas, raíces y cogollos silvestres: el seje, el cucurito, el moriche, la manaca, el corozo y otras palmas; el cacao, el balatá, el algarrobo, las guamas y un centenar de otras frutas.
Esta actividad se realiza en la estación lluviosa. En algunos casos, para ahorrar el esfuerzo que implica transportar lo recolectado, las familias que se desplazan viven provisionalmente en lugares localizados a cierta distancia de su sitio de habitación permanente. Este patrón móvil de asentamiento hizo pensar a muchos autores que los yanomami habían sido un pueblo nómada hasta tiempos recientes. Sin embargo, su adaptación a un medio ecológico en el cual ningún recurso natural abunda permanentemente, hace que la agricultura sea necesaria para la subsistencia.
Cada asentamiento posee un conuco. Allí trabajan las familias extensas en parcelas contiguas. La familia yanomami es la unidad económica básica. Está integrada por el padre, la madre y los hijos que tienen edad suficiente para ayudar. A este grupo se puede sumar algún abuelo, hermano, hermana o yerno. Generalmente, una pareja puede realizar todas las actividades productivas: fabricación de objetos, pesca, caza, cosecha y recolección de alimentos. Sin embargo, la obligación social que se deriva del parentesco, la vecindad y la vida comunitaria, imponen la redistribución de alimentos. Cada familia ofrece una parte de lo que posee, al tiempo que recibe una variedad de productos de las demás. Esto hace que las comidas sean más variadas y permiten cubrir mejor las necesidades alimenticias. Esta práctica refuerza nexos de solidaridad, y hace que familias que no han tenido éxito en sus tareas de subsistencia puedan alimentarse. Cada hombre limpia su parcela, y los hermanos adultos limpian las parcelas adyacentes. Si el padre vive, su conuco está entre éstos. El tamaño de los conucos varía de acuerdo con la familia y las obligaciones que impone el parentesco. Los jefes de familia tienen conucos más grandes, pues deben atender grupos periódicos de visitantes de aldeas aliadas y parientes a quienes hay que alimentar19.
Entre los yanomami, como entre otras etnias del Amazonas, existe una división del trabajo por sexos. Sin embargo, ésta no es estricta, pues nada impide que una mujer haga trabajos que corresponden al sexo masculino. Los alimentos, por ejemplo, pueden ser preparados indistintamente por hombres o mujeres.
La agricultura es un trabajo fundamentalmente masculino, sobre todo las tareas de limpieza, tala y quema. La siembra y cosecha de maíz y algodón son actividades practicadas por ambos sexos. A cada individuo que trabaja en el conuco le pertenece el producto de su trabajo; la explotación de los recursos naturales no implica posesión o propiedad sobre ellos. Así mismo, caza y pesca, actividades identificadas como masculinas, pueden ser practicadas por las mujeres, quienes también se ocupan en pequeñas cacerías. La recolección es practicada por los dos sexos: los hombres trepan a los árboles para alcanzar frutos, insectos u otros alimentos, mientras las mujeres recogen y cargan.
Las diferencias de status entre hombres y mujeres son importantes en la vida cotidiana. Los yanomami, incluso en sus mitos, privilegian al género masculino. A las niñas les asignan deberes y responsabilidades domésticas mucho antes que a sus hermanos. Ellas deben ayudar a la madre en tareas como cocinar, acarrear agua y recolectar madera para el fogón. Cuando las niñas llegan a la pubertad han aprendido que su mundo es decididamente menos atractivo que el de sus hermanos; poseen muchísimos deberes y casi no disfrutan de ningún privilegio. El matrimonio no mejora su condición. Sus deberes de esposa requieren de ella tareas difíciles y laboriosas, las cuales podrían ser ejecutadas por hombres. Muchos hombres demuestran su ferocidad golpeando a sus esposas por la menor ofensa. En algunos casos deben ser protegidas por sus hermanos, quienes eventualmente las defienden de un esposo cruel. Si un hombre es demasiado severo con su esposa, los hermanos de ésta pueden quitársela y darla a otro hombre20.
Los objetos personales son escasos: a lo sumo, herramientas de trabajo, utensilios para preparar comidas, un chinchorro, adornos personales y útiles relacionados con ellos, plumas, resinas y pigmentos. Nada de esto se hereda, pues los bienes son quemados luego de la muerte de su dueño.

Lo cotidiano, lo ceremonial

Los poblados se construyen abriendo un claro en la selva llamado teca, lo que quiere decir “hueco”, como observó Inga Goetz21. Alrededor de un círculo deforestado o plaza construyen los espacios familiares, lo que se conoce con el nombre de shabono.
El shabono22 se diferencia de otras viviendas indígenas por el espacio colectivo central, el cual está de acuerdo con la forma de vida yanomami, siempre al aire libre, en contacto con la luz del día o la oscuridad de la noche. Esa manera de vivir, abierta a la naturaleza, es lo que define la diferencia radical entre el shabono y la churuata, generalmente oscura y llena de humo.
El shabono da la impresión de constituir una sola estructura. Sin embargo, está formado por una serie de paravientos de una sola pendiente, colocados uno al lado del otro, formando un círculo alrededor del espacio central. Cada paraviento abriga un grupo familiar.
El techo tejido puede ser continuo o estar constituido por una serie de cobertizos dispuestos en círculo. Los aleros que se abren hacia el patio se llaman heha, la parte posterior y más inclinada se llama shika. El grupo de aleros se cierra formando la estructura circular que rodea la vivienda.
Para Graziano Gasparini23, las técnicas constructivas del shabono son sumamente simples y de fácil ejecución. Se trata de una serie de palos hincados de aproximadamente un metro de alto, con una viga horizontal en la que descansa la parte más baja del envigado que conforma la armadura del techo. A unos metros, otra serie de palos altos forman la estructura más importante del shabono, pues soportan la sección volada de las viguetas del techo. De allí se cuelgan los chinchorros o se sostiene una eventual troja.
A pesar de que el shabono es una vivienda colectiva que agrupa varios linajes, cada familia fabrica la sección que le corresponde. Esta construcción implica coordinación y un alto nivel de cooperación entre los miembros de la comunidad. Cada espacio familiar está definido por la posición central del fogón y la disposición triangular de los chinchorros a su alrededor. El fogón es el centro del espacio privado familiar, lugar en donde se preparan las comidas y se desarrollan las actividades creativas24.
Los trabajos de construcción del shabono pueden durar como mínimo un mes. En ellos participan los hombres bajo la dirección del cacique. Las mujeres ayudan a trasladar los materiales, especialmente hojas de palma. La comunidad puede vivir en un mismo sitio más de treinta años, pues la construcción se repara renovando postes, techos y ataduras.
Existe una estrecha correspondencia entre la estructura circular del shabono y la forma como los yanomami visualizan el universo. Al igual que otras casas comunales, la de éstos reproduce simbólicamente el cosmos. La plaza central es el espacio celeste habitado por Trueno y las almas de los muertos. El alero del techo que desciende hasta el suelo se identifica con el cielo que se inclina sobre el horizonte. Ascender al cielo es posible por medio de los postes que sostienen el techo y que representan la unión de tierra y cielo25.
Los yanomami viven desnudos. Los hombres atan el prepucio con un cordón de algodón que rodea la cintura, el cual tiene como objeto mantener el pene alzado y adherido al vientre, dejando así el glande oculto, como lo requiere una de las principales normas del pudor26.
Tambien practican una serie de modificaciones estéticas en el cuerpo. En primer lugar cortan el pelo negro y lacio de hombres y mujeres en forma redondeada, para lo cual utilizan una suerte de navaja hecha con bambú llamada sunama-akasi. Ambos sexos se tonsuran. En algunos casos la tonsura cubre una buena parte del cráneo, dejando apenas una estrecha franja de cabellos a manera de corona.
Los yanomami acostumbran pintarse el cuerpo con una variedad de colorantes. Usan principalmente el onoto. A veces, mientras el onoto se está cocinando, agregan el bálsamo del árbol conocido como marasina-hi, para perfumar y mantener blando el pigmento. Otro color utilizado, aparte del rojo que se extrae del otono, es el morado. Se obtiene mezclando onoto con una resina llamada ayawa o warapa que los criollos denominan caraña. Un cosmético de igual color se consigue masticando hojas de la planta kaxapina. El color azul proviene de la frotación sobre la piel del fruto de la planta koaimi-kesi (no identificadas).
Poco se ha investigado en Venezuela sobre el carácter simbólico de la pintura corporal, normalmente relacionada con prácticas rituales. Por ejemplo, cuando los hombres van a la guerra o se disponen a matar, utilizan el negro de humo, color que simboliza la noche y la muerte, mientras que para las fiestas aplican arcilla blanca sobre la piel27. En otros casos, la pintura se une al uso de plumas. De esta manera, cubiertos con el látex proveniente de la planta de caucho, pegan sobre el cuerpo, y particularmente sobre el pelo, plumones blancos a manera de tocado.
La acción de pintarse, que denominan onimou, se caracteriza por un variado repertorio de diseños decorativos: rayas verticales, horizontales, oblicuas, entrecruzadas o en amplia ondulación y zigzagueo; círculos, puntos y manchas redondas, imitan la piel del jaguar. La pintura se aplica con los dedos o con pequeños palitos masticados en los extremos y que se usan a manera de pincel. Para obtener una pintura negativa raspan con las uñas partes del diseño.
El padre Coco, al igual que Jacques Lizot, observó que el uso del blanco, rojo y morado, así como los diseños de puntos y rayas, son adornos de uso pacífico, mientras que el negro indica guerra. El negro ayuda a mimetizarse en la selva, dificultando la identificación a ojos del enemigo. Cuando una mujer extiende pintura negra sobre los pómulos debe interpretarse como señal de luto, y sólo después de un año podrá pintarse de rojo nuevamente.
Como prenda decorativa, antes que de vestir, los hombres usan un cinturón conocido con el nombre de wao. Se trata de un rollete de algodón que rodea el abdomen y remata en el pubis con dos cintas atadas entre sí. El wao se considera un atuendo de gala, usado sólo en fiestas y visitas. Existe un wao femenino de color blanco decorado con rayas azules.
El guayuco femenino es también un adorno corporal, usado generalmente por las jóvenes. Está hecho con una madeja de hilos de algodón colocados de manera horizontal y que forma un grueso cordón atravesado por varias costuras transversales. De la parte frontal del cordón penden, a manera de flecos, hilos de algodón. El guayuco no es una prenda tradicional yanomami; su uso reciente se debe a la influencia ye’kuana.
Los adornos o pauxi expresan la particular sensibilidad estética de hombres y mujeres, cuyos cuerpos desnudos de por sí ya suelen ser hermosos. Acostumbran a arreglarse con gran cuidado, particularmente en ocasiones festivas y ceremoniales, utilizando los materiales que les provee la naturaleza circundante28.
Con hilos de algodón atan la cintura, cruzan pecho y espalda o rodean bíceps y pantorrillas. Frecuentemente, los hombres lucen brazaletes multicolores confeccionados con el plumaje de algunos pájaros, como el piapoco, el paují, el gavilán, el loro y la gallineta, además de collares, abalorios y amuletos hechos con dientes de diversos animales, trozos de maderas perfumadas y semillas. En la frente usan cintas de piel.
Entre los muchos usos decorativos que los yanomami dan a las plumas, está la confección de coronas multicolores llamadas watoxe, consistentes en un cintillo de algodón tejido en el cual introducen plumas blancas de garza o de rey zamuro, las que combinan con alguna pluma negra y un moteado hecho con los plumones blancos del gavilán. La parte frontal de las coronas presenta plumas de guacamaya de color rojo, azul o amarillo; por detrás rematan con un ramillete de plumas.
Es frecuente que en los lóbulos de las orejas se practiquen perforaciones, en las que suelen introducir trozos de caña verada, plumas y flores. Tal es el caso de la purirama, adorno típicamente masculino que consiste en un cilindro vegetal fabricado con verada de cierto grosor, en cuyo extremo frontal se colocan diversos elementos decorativos hechos con plumas verdes, blancas, azules, rojas, amarillas o negras. También acostumbran a horadarse el tabique nasal y la comisura de los labios para introducirse pequeños y finos palillos de bambú.
Los adornos femeninos son de gran sutileza. Su nombre es hoko-siki, hechos con cogollos de palmeras, hermosas flores o manojos de hojas perfumadas. Éstos se introducen en los cilindros vegetales colocados en las perforaciones auriculares.
Mujeres y hombres acostumbran perforarse el tabique nasal. En éste colocan un palito muy fino y recto llamado hiyo-kami. Otros palitos más cortos son clavados en las comisura de los labios y bajo el labio inferior.
Las mujeres yanomami hilan el algodón en husos rudimentarios fabricados con una vara de palma que gira sobre un volante de tapara. La extremidad superior del huso tiene un gancho que sujeta el hilo que se va formando en el proceso mismo de rotación y torsión. Los hombres fabrican hilos y cuerdas para tejer chinchorros, guayucos y cintas decorativas con las que ciñen diferentes partes del cuerpo29. Es común el uso de otras fibras como la curagua y la corteza del yagrumo para tensar los arcos.
Entre otros textiles fabrican chinchorros en rústicos bastidores hechos con palos clavados en el suelo. Los más comunes son de algodón o de mamure. Su tejido consiste en rodear la estructura de madera con la fibra, que se mantiene siempre tensa, hasta obtener una urdimbre de unos 50 a 70 centímetros, aproximadamente. A la trama se inserta verticalmente un hilo de algodón cada 15 centímetros. Se trata más de un tendido y anudado de hilos que de un verdadero tejido.
Otro chinchorro tradicional entre los yanomami es el llamado marakami-toki. Estos chinchorros se fabrican y usan durante los viajes y luego se desechan. Los bejucos de mamure se chamuscan sobre el fuego para desprender la corteza. Con la ayuda de los dientes se obtienen finas tiras con las que se forman manojos que se golpean con un mazo de madera en el lugar donde irá la atadura por donde se cuelga el chinchorro. Para evitar el peligro de caer entre las tiras suelen pasar una trama que se anuda en tres distintos lugares.
Entre otros tantos oficios textiles está la cestería, practicada generalmente por mujeres que fabrican guaturas, guapas y cedazos con bejuco mamure descortezado. El tejido de la guatura o wii, principal cesta de carga, suele ser un trenzado muy tupido. Éste se apoya en una serie de aros equidistantes, confeccionados con la misma fibra pero un poco más gruesa, que colocados en el interior dan mayor fuerza y resistencia. Cuando la guatura está terminada se tiñe con onoto y sobre ella se dibujan diseños geométricos de color negro. El wii suele tener varias asas que se usan para fijar una banda de corteza. Estos cestos se hacen en diversos tamaños . Los más grandes miden 60 cm de diámetro por 60 cm de alto, y los más pequeños son usados como juguete por las niñas30.
El mapire o yorehi es una cesta cilíndrica, de tamaño variable y de tejido abierto, de más rápida fabricación que la guatura, aunque con la misma fibra mamure finamente cortada. Estas cestas se usan para cargar, pescar cangrejos, colocar alimentos y tamizar las cenizas del yopo. Su decoración, de alto contenido simbólico, se hace con los mismos motivos de la pintura corporal (puntos, líneas entrecruzadas, círculos, ondulación y zigzagueo), e iguales colorantes, como carbón, onoto y caraña. Los yanomami también tejen guapas y abanicos en forma de paleta usados para avivar los fogones.
Es frecuente el uso de recipientes y cucharas de origen vegetal hechos con calabazas y taparas de diversas formas y tamaños. La cara interna de las taparas se pule e impermeabiliza con una resina brillante mezclada con negro de humo. Las calabazas se utilizan para almacenar y beber líquidos, particularmente en la celebración de la ceremonia conocida como reahu.
Al referirse de manera general a las técnicas y materias primas usadas por los yanomami, Chagnon observó la preferencia en el uso de materiales sencillos encontrados a la mano, los cuales son suficientemente efectivos para resolver problemas corrientes. Según su concepción ningún objeto está destinado a durar para siempre.
Quizás los únicos artefactos duraderos de la tecnología yanomami hayan sido los que derivan de su alfarería. En su territorio se encuentran restos de vasijas arqueológicas sumamente frágiles, anchas en el borde, agudas en la base, y sin ninguna decoración31. En la actualidad, la alfarería prácticamente ha desaparecido entre ellos, y sólo en muy pocas comunidades se fabrica la típica hapoka, olla en forma de campana, sin ningún tipo de decoración, asas o patas, realizada con arcilla blanca, con el método del enrollado y alisado. Su cocción solía hacerse en hornos de fuego abierto. En la actualidad los alimentos se cocinan principalmente en ollas de aluminio compradas a los criollos.
A diferencia de los ye'kuana, quienes se distinguen por sus curiaras talladas en madera, los yanomami son un pueblo de tierra firme, poco aficionado a la natación. Recorren la selva a pie por infinidad de senderos y caminos. Para atravesar caños y pequeños riachuelos construyen pasarelas, rústicos puentes colgantes, o se dejan llevar por la corriente de los ríos en balsas hechas con troncos huecos. Actualmente, las comunidades que habitan en las orillas de los grandes ríos han aprendido a fabricar embarcaciones y a navegar con cierta destreza, usando el motor fuera de borda.
Su principal objeto tallado en madera es el mortero funerario, utilizado para triturar los huesos calcinados de los muertos. Éste se fabrica con el tronco de un árbol que descortezan y abren usando el fuego y un hacha de piedra. Una vez abierta la cavidad interna del mortero, se lija con arena, eliminando así los residuos de carbón. Luego se procede a pintar la cara externa con onoto, y en los extremos se atan hilos de algodón de los cuales penden plumas de paují. Los lados se decoran con plumones blancos de gavilán o zamuro real. Los dibujos decorativos varían de acuerdo con la edad, sexo y rango del difunto: puntos negros para los varones adultos o ancianos, rojo onoto para las ancianas, y líneas serpenteadas para los jóvenes de ambos sexos. Dichos morteros poseen manos de moler talladas con madera descortezada y teñida con onoto y negro de humo. Su decoración consiste en líneas ondulantes que rematan en los extremos con un penacho de plumas de gavilán.
El mortero funerario es utilizado en el reahu, ceremonia de mayor importancia entre los yanomami, en la que se produce la ingestión ritual de las cenizas de los muertos. Con este rito el difunto desaparece totalmente, pues sus objetos personales son quemados o destruidos. Tal ceremonia, al decir de Jacques Lizot, es expresión simbólica de la ausencia casi total de un punto en donde pueda fijarse la memoria: en ella los vivos se convierten en depositarios de los muertos.
El funeral se inicia con la invitación a parientes y amigos de uno o varios shabonos aliados. Un mensajero pintado y ricamente adornado comunica a sus habitantes el deseo del poblado amigo de compartir con ellos. Luego de algunos días, los invitados parten hacia el lugar en donde se celebrará la fiesta. Al llegar acampan en la selva y esperan la señal para entrar en el shabono anfitrión, en donde hay gran actividad.
Todo debe estar dispuesto: el patio central barrido, algunos lugares adornados con ramilletes de flores, las semillas alimenticias del pijiguao sancochadas, y mucha carne asada. Cuando todo está listo, colmadas las cestas con comida y las canoas desbordantes con carato de plátano destinado a los huéspedes, los hombres se reúnen para designar a los mensajeros encargados de invitar a entrar a los huéspedes que esperan fuera del shabono.
Los visitantes avanzan hacia el patio central en grupos, todos pintados y adornados con plumas multicolores. En sus manos portan hojas de palma que mueven mientras danzan. Los bailarines recorren la plaza y se detienen de vez en cuando frente al fogón entre aclamaciones, gritos y silbidos. Terminada esta fase del baile, llamada praiai, los bailarines se concentran en medio de la plaza, en donde esperan ser invitados al hogar del pariente. Allí descansan, comen, fuman, toman alucinógenos y cantan a los espíritus de las plantas y de los animales. Mientras tanto, un jefe les da la bienvenida. Luego observan el baile de los residentes.
Ya hacia la noche comienza el wayamou, forma de rito oratorio cuyo coloquio ceremonial se realiza entre invitados y residentes. El rito opone a un visitante y a un anfitrión, sentados en el suelo uno frente a otro, pecho contra pecho y las piernas entrelazadas.
De acuerdo con Lizot, y contrariamente a lo que opina Ernesto Migliazza, la lengua utilizada en el wayamou no es una lengua franca que permite la comunicación entre personas que hablan dialectos diferentes. Tampoco se trata de un lenguaje arcaico, pues cada dialecto y topolecto yanomami cuenta con una forma de wayamou. Se trata de un lenguaje florido, especie de canto o recitativo de carácter literario, similar al habla de los poetas, cuyas metáforas son la expresión simbólica de una forma de intercambio y reciprocidad.
El wayamou termina al amanecer. Luego de un breve descanso, se inicia el intercambio de objetos que ha sido pactado durante la noche. Se truecan mujeres, perros, machetes, hachas, ollas, collares, puntas de flecha, arcos y yopo. Al final, los visitantes se marchan súbitamente.
Durante la celebración del reahu se acostumbra, aunque no es imprescindible, el consumo colectivo de cenizas de los muertos. Mientras las mujeres lloran, todos los hombres, parientes y amigos del difunto, residentes y visitantes, colocados en círculo, toman una sopa de plátano en la que se colocan las cenizas. Si el difunto ha sido muerto por parte de enemigos, además de llorar, los hombres hacen imprecaciones prometiendo venganza. “Ellos te flecharon. Pero yo iré a flecharlos a ellos, para que también ellos tengan en su casa colgadas las cenizas de quien te mató a ti…”32.
La fiesta constituye una de las formas más importantes de la vida social y política yanomami. El rito de consumo colectivo de las cenizas de los muertos reafirma nexos de amistad, reciprocidad y solidaridad entre comunidades afines. En sociedades igualitarias, las alianzas políticas se afianzan en mecanismos difíciles de precisar, pues la jerarquía social proviene sólo de las diferencias que marca el sexo, la edad o determinadas relaciones de parentesco, las cuales no son fijas y dependen en su mayoría de los “destinos individuales” 33.
Durante la ceremonia es frecuente el consumo ritual de tabaco y yopo. A través de ellos entran en contacto con el mundo sobrenatural, curan enfermedades y transmiten su memoria colectiva. Chagnon, Le Quesne y Cook34, observaron cómo hacen el ebene, nombre con el que designan al grupo de mezclas inhalables, provenientes de diversas plantas alucinógenas, las cuales son refinadas, amasadas y mezcladas con restos anteriores.
Cuando los yanomami preparan sus drogas, cosa que hacen a diario, generalmente añaden a cada nueva mezcla restos del día anterior. Esto se hace sin tomar en consideración los ingredientes utilizados en cualquiera de los días precedentes; así, la composición varía permanentemente.
En los conucos cultivan de cuatro a cinco distintas plantas alucinógenas. Quizás una de las más potentes es la Anadenantera peregrina o yopo, cuya corteza, hojas y semillas son altamente alucinógenas. También usan un árbol conocido como yakoana, cuya corteza interna produce una suerte de virutas, las cuales, colocadas sobre el fuego, segregan una resina rica en alcaloides que reducen a un polvo inhalable.
Estos polvos se administran por medio de un tubo. El extremo que corresponde a las fosas nasales termina en una semilla horadada. Al soplar por el otro extremo, disparan el polvo profundamente dentro de los conductos nasales.
El uso de estas drogas puede estar relacionado con actividades profanas, y es muy importante el uso ritual que de ellas hacen los chamanes. Por ejemplo, polvos alucinógenos son esparcidos sobre las cenizas de los hombres que han muerto en guerras. Esto se hace con el fin de aplacar el hékura o alma del difunto que vive en sus cenizas, hasta que ellas son consumidas en los ritos funerarios.
También es común el uso de alucinógenos durante largas sesiones curativas, o durante las fiestas en las cuales se produce una mutua inhalación de alucinógenos. Esto es frecuente antes de duelos o luchas rituales. No se consume droga antes de entrar en disputas serias. Mientras que el uso del tabaco es habitual y no pueden estar muchas horas sin él, ninguno de los alucinógenos utilizados por los yanomami crea hábito.
Al ser interrogados acerca de los posibles sustitutos para los alucinógenos, un informante resumió la situación de esta manera: “Cuando no tenemos tabaco lo deseamos intensamente y decimos que somos pobres. No lamentamos la falta de ebene de la misma manera, y por lo tanto, no decimos que estamos pobres cuando no hay” 35.
IV
Las comunidades yanomami se relacionan entre sí a través de un sistema de alianzas matrimoniales contraídas entre los distintos linajes. La palabra mashi expresa un conjunto de personas que poseen un ancestro masculino común y podría identificarse con la noción de clan.
Cada linaje está relacionado con una especie animal que se considera como ancestro común. La relación hombre-animal o noreshi es sumamente estrecha, de tal forma que cada persona se encarna en la forma de un animal. Hay una variedad de noreshis masculinos y femeninos. Los niños heredan el ancestro del padre y las niñas el de la madre. Es posible que en el pasado la pertenencia a un ancestro permitiera orientar los matrimonios, es decir, que los jaguares se casaran con las marimondas o las arpías con los tucanes. Sin embargo, actualmente estas fórmulas se han ido perdiendo o haciendo muy frágiles, de forma que muchos jóvenes no saben hacia qué linaje orientar sus relaciones.
El matrimonio no implica ninguna ceremonia especial. Consiste, tan sólo, en descolgar el chinchorro de un lugar y colocarlo en el sitio que se haya escogido como residencia. El matrimonio es una alianza convenida entre varones. Las negociaciones se hacen de acuerdo con los intereses del pretendiente y su grupo familiar. Incluso se prometen hijas que todavía no han nacido, pues el matrimonio involucra importantes cuestiones de carácter político y económico para el grupo local.
Como ha observado Lizot, los yanomami escogen pareja dentro de la misma comunidad. Sobre todo en donde hay parientes cercanos, particularmente hermanos, cuyas relaciones se caracterizan por el afecto y la ayuda mutua. Cuando hay enfrentamientos, los hermanos se unen formando un bloque. Esto no implica que eventualmente no se produzcan confrontaciones entre ellos. Así mismo, existe una gran familiaridad entre hermanos, madres e hijas y padres e hijos. La autoridad de los padres es poco fuerte: a los niños se les corrige poco. El hermano del padre, sobre todo si es mayor, tiene más autoridad que el propio padre. La autoridad del padre se reafirma sobre las hijas, a quienes impone matrimonios a veces bajo verdadera coacción. Las relaciones entre esposos es generalmente tensa y antagónica, pero el antagonismo más fuerte se da entre yerno y suegros, quienes nunca se hablan ni cruzan la mirada. Tampoco pueden compartir un mismo lugar; los hombres temen a sus suegros aunque realicen, para ellos, las labores del “servicio matrimonial”.
En el shabono, los linajes o “clanes” ocupan un espacio determinado. Un hombre adulto de cada linaje lidera su grupo ocupándose de tareas colectivas. Este jefe se destaca por su conocimiento, competencia y habilidad para desarrollar múltiples oficios, como hablar en nombre de su grupo, ser buen cazador, valiente guerrero, conocer bien la selva, sus frutos y animales. En fin, tiene más trabajo y responsabilidades que los demás. Un consejo integrado por los jefes de cada fracción toma decisiones sobre la ubicación de los conucos, el inicio de la caza, la construcción de nueva vivienda, la preparación de las fiestas, los rituales funerarios y los ataques a grupos adversos. Sin embargo, no existen mecanismos de coerción que obliguen a acatar las decisiones de otras personas. La posición de jefe no implica privilegios materiales, solamente respeto, prestigio y autoridad moral.
Los linajes son iguales, es decir, no existe ningún mecanismo de sometimiento de un linaje o fracciones del mismo a otro linaje. Se produce, por lo tanto, la unidad dentro de la diversidad de grupos que habitan el shabono. Sin embargo, es permanente la posibilidad de ruptura, conflicto, e incluso enfrentamiento violento, pues es frecuente la rivalidad y el antagonismo entre grupos que compiten entre sí; por tal razón, su frágil unidad debe ser permanentemente restablecida para evitar su ruptura y dispersión.
Cuando los conflictos del grupo residencial se tornan violentos, cada jefe parte con el suyo y fracciones de otros que hayan tomado partido a su favor. La rivalidad entre los hombres por mujeres constituye uno de los más importantes factores de fragmentación, como también los robos en los conucos y las acusaciones de brujería. La sangre derramada en la guerra debe vengarse, lo que produce un ciclo interminable de violencia y represalias36.
De acuerdo con Chagnon, es ventajoso realizar matrimonios entre primos cruzados a fin de estrechar nexos de solidaridad con grupos de aliados. Sin embargo, cuando una mujer es dada como esposa a un hombre que no es su pariente, posiblemente se intenta promover alianzas, solicitar refugio o ayuda militar en situaciones de guerra con aldeas enemigas. Estas demandas nunca se toman a la ligera, pues el incumplimiento de las obligaciones de reciprocidad pueden poner en peligro la sobrevivencia37.
Las alianzas basadas en el parentesco consanguíneo son sumamente frágiles, y fuertes disputas tienen lugar entre aldeas formadas por parientes cercanos. Es difícil para los líderes conciliar fracciones dentro de una misma aldea y mantener una paz duradera basándose tan sólo en la fuerza de los lazos familiares.
A medida que crecen los poblados, mayor es el número de factores de conflicto, entre ellos la infidelidad femenina, cuestión que puede tomar la forma de duelo abierto entre grupos y la división de las aldeas38.
Entre los yanomami existe una clara distinción entre jefes civiles y religiosos. El proceso de iniciación chamánica se realiza con la ayuda y dirección de un viejo experimentado. Para ser efectivo hay que tener sabiduría, ver el pasado, el presente y el futuro, además de ser un experto cazador. En su vida personal debe observar una serie de restricciones para que poderosos espíritus naturales que habitan en su pecho no lo abandonen.
Durante la ceremonia, con el iniciado sentado frente al fogón, los maestros recorren el camino hasta los hékura, espíritus de la selva, los animales, las plantas, los remolinos de agua y el viento. Con el fin de atraerlos, aletargado por el uso de alucinógenos, el iniciado repite las frases que cantan sus maestros.
Mientras el iniciado descansa en su chinchorro de bejuco y observa grandes restricciones alimenticias y sexuales, los maestros dirigen los hékura que van creciendo lentamente en él, dotando de fuerza y poder al joven chamán. Para que los hékura accedan a venir, los chamanes deben reunir una serie de adornos personales que el joven deberá usar: el watoxe o corona tejida con palma y decorada con plumones blancos, símbolo de los hékura mayores, como son los felinos y el ave hérami (una especie de gavilán). Luego colocan entre sus piernas un poste pintado de rojo y negro, colores fundamentales de su simbología, cubierto de plumones blancos. Este poste es llamado peike-maki, palabra que significa peñasco39 y es el hogar de los hékura. Al final de la ceremonia el nuevo chamán se transforma en hékura; canta y baila como ellos. Su tarea principal es la cura de las enfermedades, la búsqueda de la energía vital perdida.
Los chamanes, en contacto permanente con el mundo sobrenatural, consumen alucinógenos, y frecuentemente se transforman en hékura, danzan y cantan como ellos. En el estudio que adelantó sobre los sanema, Johannes Wilbert40 observó la existencia de tres distintos “magos”, cada uno de los cuales pertenece y actúa en una esfera sobrenatural distinta. El primero es el hawiawán, sacerdote mediador entre la comunidad humana y Omao u Omawe. Éste vive en ambos mundos y cambia frecuentemente de residencia. Su alta jerarquía no le permite trabajar, cazar o pescar como un hombre corriente. Por tal razón vive de los beneficios que le proporciona la comunidad. El segundo es un chamán llamado sablí, de gran influencia en el mundo de los animales y las plantas, con quienes se comunica durante el sueño. Su canto aleja a los tigres que merodean las inmediaciones del shabono. El sablí es también un curandero del alma. Bajo los efectos del yopo, canta y danza alrededor de un paciente. El sablí es invulnerable. Quien le arroje una flecha, rompe sus propias manos y sus armas; por eso es el hombre indicado para dirigir la guerra. El tercer tipo de chamán es el kailala. Éste no canta como el sablí y no tiene influencia sobre las almas. Es un curandero del cuerpo. Cura por medio de cantos y masajes los órganos enfermos o doloridos de sus pacientes, de los que extrae palillos, piedras, alimañas e incluso “flechas”, que salen del cuerpo enfermo en forma de un líquido negro. El kailala puede tener poderes malignos que lo facultan para disparar a los enemigos flechas mágicas que causan enfermedades y la muerte.
De acuerdo con los yanomami, la enfermedad no tiene causas orgánicas. Los chamanes manipulan los símbolos de su cultura con gran eficacia. El xapori, como también se le llama al chamán, debe defender a su familia, clan y comunidad de enfermedades, conjurando las malas artes de brujos enemigos. A su vez, debe producir enfermedades a enemigos con la ayuda de los hékura. Para llamarlos usa el nombre del animal al que agrega sufijo riwe. De esta forma, Ira-riwe nombrará al espíritu del jaguar, Wixa-riwe al espíritu del mono capuchino, Mayebi-riwe al espíritu del piapoco, Paxo-riwe al espíritu de la marimonda, Waikoya-riwe al espíritu de la anaconda. También invocan a los hékura femeninos como Xamari-yuma, espíritu de la hija de la danta, y en menor medida, los espíritus de las plantas41.
Las invocaciones se hacen de acuerdo con el carácter de la enfermedad. Por ejemplo, para buscar el alma robada de algún niño se pide la encarnación del hékura de los monos o de serpientes. Para curar la mordedura de culebra llaman a Yaruxe-riwe, espíritu del zorro guache, que ataca y come culebras venenosas. Cuando una mujer tiene dificultades en el parto invocan a Xamari-yuma, porque la danta pare fácilmente y sin dolor.
La curación de las enfermedades implica una verdadera abnegación. Esto convierte al chamán en guerrero contra los espíritus maléficos que se alojan en el cuerpo causando la muerte. Un canto chamánico, traducido por Helena Valero42 dice así: “Todos los hékura que he llamado están reunidos alrededor de la enferma. De todos lados llegan hékuras; tienen plumas de koahararomi en las orejas, en la corona alrededor de la cabeza. Llegan danzando y cantando: ‘No lo haremos morir. Nosotros somos muchos hékura; haremos cualquier cosa para que se cure”.
Estructura del cosmos
La aparente sencillez de la cultura material yanomami contrasta con su riqueza de creencias sobre el cosmos. Se trata de una fascinante dimensión de su mundo intelectual, una forma como el individuo puede manipular y elaborar ideas y temas dentro de los límites exigidos por la ortodoxia de las versiones locales de la “verdad”. De acuerdo con esto —dice Chagnon— “experimentan” como artistas y creadores, pues existe un espacio para poetas y “ensayistas” orales. A pesar de la falta de un lenguaje escrito hay una libertad considerable para darle la vuelta a una frase inteligente y exponer algo en forma sofisticada. De esta manera, todos pueden captar las ideas expresadas.
Algunos individuos manejan un lenguaje rico y tratan con él de una forma que se podría llamar literaria, lo que contradice la idea según la cual pueblos mal llamados “primitivos” poseen lenguas con vocabularios tan pobres, que requieren de una serie de gestos y señas para completarlos. Por el contrario, el vocabulario ordinario de los yanomami posiblemente sea mayor que el de otras culturas, pues el hecho de no tener una lengua escrita y a la mano un diccionario de consulta los obliga a desarrollar su memoria. La riqueza y complejidad de la lengua los deleita cuando narran mitos y leyendas43.
A cada hombre le corresponden varias almas: una mortal o noreshi, cuyo “alter ego” es un animal que vive en la selva. Los dos se comportan de igual manera, incluso la muerte les llega de manera simultánea. Otra alma es conocida como pei ke mi amo o centro, principio vital, presente en todo organismo44. Existe una tercera alma que es inmortal, llamada pore, que se separa del cuerpo cuando éste es incinerado, y se queda cuidando los huesos o cenizas del difunto hasta que son ingeridas por parientes y amigos.
Los mitos yanomami narran los orígenes de los plátanos, el tabaco, el fuego, el curare, la lluvia, el trueno, el día y la noche. Cuentan la creación de algunos animales como el jaguar, las serpientes, las hormigas, los peces, los cochinos de monte, las perezas. Sin embargo, no tienen un mito que explique el origen del mundo. Para ellos, éste ha existido desde hace mucho tiempo.
Su cosmovisión semeja un conjunto de capas cósmicas superpuestas como discos. Los yanomami y los nape ocupan una capa intermedia llamada hei kamisi, que parece un disco plano atravesado por un eje que corre en dirección Este-Oeste. Dicho disco coincide con la orientación de sus ríos y la dirección de los movimientos migratorios. En los extremos del horizonte vive Oyamari, demonio que semeja un arco iris y es responsable de enfermedades y muertes.
En el disco superior, flotando, hay una especie de cielo poblado por las almas de los muertos, que copia eternamente el mundo de los vivos. Éste se caracteriza por la gran abundancia de báquiros, miel y frutos. Allí vive Yëru, Trueno, amo de los alimentos silvestres; Hera, amo de las serpientes; Tahirawë, un ser de belleza infinita, y Jëmirayona, madre de Rayo45. Ascender al mundo de Yëru por un sendero angosto, fragoso y cubierto de malezas, pero que lleva a la felicidad, es un privilegio de las almas generosas. Vivir en el shabono de Yëru significa iniciar una vida similar a la de la tierra, pero sin enfermedades, en donde la muerte ha sido abolida, pues Yëru es una divinidad generosa. Cuando mira a la tierra y ve que no hay frutas, comienza a tronar para que llueva y las plantas fructifiquen46.
Por encima del mundo celeste hay un mundo en gestación, traslúcido y luminoso, llamado Tuku Ke Misi, región peligrosa habitada por una horda de caníbales: la Luna, el Sol y los Buitres47.
El inframundo, llamado Pepi Ke Misi, es producto de la caída y ruptura del borde externo del disco terrestre, consecuencia de un violento choque de éste contra el cielo incandescente. Con la caída, esa parte de la tierra se convirtió en un mundo subterráneo del cual nos separa una inmensa capa de agua. A este mundo pertenece todo lo que es húmedo y podrido. Allí viven los amahiri, similares a los yanomami, pero calvos, posiblemente como consecuencia del contacto que tuvieron con el fuego celeste48. A ese lugar van las almas de los que en vida han sido mezquinos y egoístas. Hacia allí avanzan por un camino adornado de flores y alfombrado con hojas que ocultan una trampa terrible, pues al pisar se precipitan por un barranco profundo hasta caer en un olla enorme, llena de peramán hirviendo49.
Chagnon observó que la concepción de un cosmos plano no está muy lejana a la sostenida por marineros y geógrafos de nuestra propia cultura. Magallanes la compartia cuando pensaba que sus barcos podían caer, una vez llegados al final de la tierra.
Otra observación interesante de este autor sobre los mitos y leyendas yanomami, es que se distinguen por su gracia e ironía. Es muy entretenido escucharles narrar aventuras, relatos y cantos, pues los narradores, bajo los efectos de alucinógenos, introducen movimientos cósmicos que deleitan a la audiencia, atrapada por su humor e ingenio. Esto sin contar con la ironía propia de los relatos, que permite revelar el alto sentido histriónico de los narradores-actores. Muchos de estos mitos cuentan historias morales, una suerte de soporte ético que explica por qué las cosas son como son; otros se refieren a las relaciones entre hombres y mujeres, sus diferencias y atributos biológicos o las relaciones entre hombre y jaguar. Sin embargo, mucho del humor, de los conflictos, ofensas y conceptos de lo humano de estos mitos gira en torno al sexo50.

miércoles, 25 de enero de 2012


Que es antropología lingüística?

Que es la antropología lingüística?
La primera pregunta que nos hicimos fue, ¿que vínculo existe entre “lingüística” y “antropología”?, ¿Que es la antropología lingüística? hemos tratado de encontrar la información para contestar esta pregunta y hasta ahora esto es lo que hemos averiguado:

Antes que todo, la antropología lingüística es la idea que uno puede usar los métodos de lingüística para solucionar problemas antropológicos. Por ejemplo, socialización es el proceso en que los infantes se someten para hacerse parte de una sociedad,es un tema muy importante en la antropología. El proceso de socialización sucede a la misma vez que la adquisición del lenguaje, es decir, los miembros de una sociedad les enseñan a los infantes la cultura al mismo tiempo que los ensañan hablar. La antropología lingüística estudia este interacción compleja entre la formación social y la formación oral, o semántica. Otros campos de antropología que toman ejemplo de la lingüística son: identidad, espacio social e ideología.

Claude Levi-Strauss, un famoso antropólogo francés en el siglo XX desarrolló una teoría conocida como “antropología estructural”. Específicamente, usó la lingüística estructural que empezó a desarrollar Saussure y los que lo siguieron. En ese tiempo en el campo de la antropología, la familia era la unidad de enfoque principal de atención. Una unidad independiente que consiste de un padre, madre, y sus hijos. Los otros miembros de una familia como los abuelos, tíos, y primos eran unidades secundarias. Pero Levi-Strauss racionalizó que, según el estructuralismo desarrollado por el Círculo Lingüístico de Praga y su idea del valor de la lingüística, los miembros de una familia solamente definen sus identidades según como se relacionan con los otros miembros de la familia extensa. Por lo tanto, en lugar de analizar las unidades como si fueran primarias o secundarias, analizó las relaciones entre todos miembros de una familia.

lunes, 5 de diciembre de 2011


Las puertas del cielo

A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía concluir. Era casi de noche y a José María le temblaban los labios al decírmelo.


-Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos.


Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había prometido a una amiga llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con José María a buscar un taxi. Mauro y Celina vivían por Cánning y Santa Fe, de manera que le pusimos diez minutos desde casa. Ya al acercarnos vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y cortado; en el camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que Mauro trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba a escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir con una especie de tos, más bien un silbido.


-Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se le quería tirar encima. Usté sabe cómo es él cuando se cabrea.


Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos esperaba en la casa. Casi no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en el patio, pero en cambio me acuerdo que el taxi costaba dos sesenta y que el chófer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres amigos de la barra de Mauro, que leían La Razón en la puerta; una nena de vestido azul tenía en brazos al gato barcino y le atusaba minuciosa los bigotes. Más adentro empezaban los clamoreos y el olor a encierro.
-Andá velo a Mauro -le dije a José María-. Ya sabes que conviene darle bastante alpiste.
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba solo, por sí mismo: las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa de morir, increíble cómo la gente de un barrio larga todo (hasta las audiciones de preguntas y respuestas) para constituirse en el lugar del hecho. Una bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me asomé a la pieza mortuoria. Misia Manita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo, donde la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su aire superior que acababan de lavar y amortajar a Celina; hasta se olía débilmente a vinagre.


-Pobrecita la finadita -dijo Misia Martita-. Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza. Hacía rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a ella, al pelo negro y lacio naciendo de una frente baja que brillaba como nácar de guitarra, al plato playo blanquísimo de su cara sin remedio. Me di cuenta de que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era ahora de las mujeres, de las plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría entrar en paz a sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema inmóvil repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado nuestro.


De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el pasillo sin luz. Peña, el loco Bazán, los dos hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con respeto.
-Gracias por venir, doctor -me dijo uno-. Usté siempre tan amigo del pobre Mauro.
-Los amigos se ven en estos trances -dijo el viejo, dándome una mano que me pareció una sardina viva.
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en el Luna Park, bailando en el Carnaval del cuarenta y dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo achinado, Mauro de palm-beach y yo con seis whiskies y una mamúa padre. Me gustaba salir con Mauro y Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más me reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas) para presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada.

Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por las puertas.
-Esa debe ser la madre -dijo el loco Bazán, casi satisfecho.


«Silogística perfecta del humilde», pensé. «Celina muerta, llega madre, chillido madre.» Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir. Mauro y Celina no habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo queriendo. Solamente que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy, un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la curiosidad, las notas que llenan poco a poco mi fichero. Pero Celina y Mauro no, Celina y Mauro no.
-Quién iba a decir esto -le oí a Peña-. Así tan rápido...


-Bueno, vos sabés que estaba muy mal del pulmón. -Sí, pero lo mismo...


Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y todo... Celina tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la tuberculosis era «debilidad». Otra vez la vi girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro ahí arriba y un olor a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la pista era un horror de gente y calina. «Qué bien baila, Marcelo», como extrañada de que un abogado fuera capaz de seguir una machicha. Ni ella ni Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro pero a Celina le devolvía el tratamiento. A Celina le costó dejar el «doctor», tal vez la enorgullecía darme el título delante de otros, mi amigo el doctor. Yo le pedí a Mauro que se lo dijera, entonces empezó el «Marcelo». Así ellos se acercaron un poco a mí pero yo estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes populares, al box, hasta al fútbol (Mauro jugó años atrás en Ra-cing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó el pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en pedirme que no me alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz siempre un poco ronca era cada vez más débil. Tosía por la noche, Mauro le compraba Neurofosfato Escay lo que era una idiotez, y también Hierro Quina Bisleri, cosas que se leen en las revistas y se les toma confianza.
Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir.


-Es bueno que lo hable a Mauro -dijo José María que brotaba de golpe a mi lado-. Le va a hacer bien.
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo reconocerlo, en realidad lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre Celina, no escritas nunca pero bien a mano. Mauro lloraba a cara descubierta como todo animal sano y de este mundo, sin la menor vergüenza. Me tomaba las manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José María lo forzaba a beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura conciencia de la cosa irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo él acusaba y resentía. El gran narcisismo por fin excusado y en libertad para dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero mucho más de mí mismo, y me puse a beber coñac barato que me abrasaba laboca sin placer. Ya el velorio funcionaba a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta la noche ayu-daba caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno.
Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso de abogados donde no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como locos, y volví a fin de semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que se hizo la zonza. Toda esa mañana había estado pensando en Celina, no que me importara tanto la muerte de Celina sino más bien la suspensión de un orden, de un hábito necesario. Cuando vi a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se precisaba coraje para esperar alguna cosa de esa mujer, y fue en esa época que lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el pleito de su vieja por unos terrenos en Sana-gasta. Celina lo acompañó la segunda vez, todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a su brazo. No me costó medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo inconfesado por incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que lo había conseguido, al menos por fuera y en la conducta cotidiana. Después medí mejor, Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad de bailes populares, sus largos entresueños al lado de la radio, con un remiendo o un tejido en las manos. Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Racing cuatro a uno, supe que todavía estaba con Kasidis, lejos de una casa estable y de Mauro puestero del Abasto. Por conocerla mejor alenté sus deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de pizza hirviendo y papeli-tos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el patio, las horas de charla con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se sometía sin ceder. Entonces Celina fingía conformarse, tal vez ya estaba conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el que le conseguía a Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio. Ellos se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres.


Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda que la iría a buscar el domingo de paso al hipódromo, y verlo en seguida a Mauro. Estaba en el patio, fumando entre largos mates. Me enternecieron los dos o tres agujeritos de su camiseta, y le di una palmada en el hombro al saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa, al tirar el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un brillo claro en los ojos, la mano dura al apretar.
-Gracias por venir a verme. El tiempo es largo, Marcelo.


-Tenes que ir al Abasto, o te reemplaza alguien?


-Puse a mi hermano el renguito. No tengo ánimo de ir, y eso que el día se me hace eterno.


-Claro, precisás distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo.


-Vamos, lo mismo da.


Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi echarse perfume de un frasco que había sido de Celina. Me gustaba su forma de requintarse el sombrero, con el ala levantada, y su paso liviano y silencioso, bien compadre. Me resigné a escuchar -«los amigos se ven en estos trances»- -y a la segunda botella de Quilmes Cristal se me vino con todo lo que tenía. Estábamos en una mesa del fondo del café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de cuando en cuando le servía cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en realidad era siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: «La tengo aquí», y el gesto al clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o una medalla.

-Quiero olvidar -decía también-. Cualquier cosa, emborracharme, ir a la milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo,... -El índice subía, enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa altura ya estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de pasada, él dio por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar la hora. Caminamos sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba un recuento por parte de Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su brazo la caliente alegría de Celina camino del baile.


-Nunca la llevé a ese Palace -me dijo de repente-. Yo estuve antes de conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta?


En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace, que no se llama Santa Fe ni está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores y la turbia taquilla, menos todavía los junadores que hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba abajo. Lo que sigue es peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa; justamente el caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos. Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero cincuenta. Compartimentos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos donde en el primero una típica, en el segundo una característica, en el tercero una norteña con cantores y malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos los tres círculos bailando; entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de ginebra en ginebra, buscando mesitas y mujeres.


-No está mal -dijo Mauro con su aire tristón-. Lástima el calor. Debían poner extractores.
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del hombre del pueblo y la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio asimilación violenta y aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de superheterodinos con la suficiencia porteña que cree que todo le es debido.) Yo lo agarré del brazo y lo puse en camino de una mesa porque él seguía distraído y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las dos manos el micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje.


-Esto asienta la cerveza. Puta que está concurrida la milonga.


Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar. La mesa estaba pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga pared y un montón de mujeres se renovaba con ese aire ausente de las milongueras cuando trabajan o se divierten. No se hablaba mucho, oíamos muy bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más bien rápido y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta... Se prendía al micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de lujuria cansada, de necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la rejilla cromada, y de los parlantes salía una voz pegajosa -«yo soy un hombre honrado...»-; pensé que sería negocio una muñeca de goma y el micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la rejilla.


Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color. (Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aíslan y disfrazan.) Van a eso, los monstruos se enlazan con grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con los ojos cerrados gozando al fin la paridad, la completación. Se recobran en los intervalos, en las mesas son jactanciosos y las mujeres hablan chillando para que las miren, entonces los machos se ponen más torvos y yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado a una china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la había elegido para complacer a la par- . te achinada de su clientela, los pocos que entonces se animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas.
-Me dan ganas de bailarme un tango -dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty cuando se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos. Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina.


Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe, medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a su caliente vocación de anís y valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta.
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces me volvió la idea de que Celina había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido,temí un poco su reproche por traerlo a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo. Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente entontecida y como boqueando fuera de su tango.


-Le presento a un amigo.


Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los mostruos, los tapes sobre todo que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo, cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe, tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi también en Racing, Mauro y Celina prendidos fuerte en ese tango que ella canturreó después toda la noche y en el taxi de vuelta.


-¿Lo bailamos? -dijo Emma, tragando su granadina con ruido.


Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos nos alcanzamos en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen que una de mis veinte años en Sportivo Barracas, tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo a la vez y entrevemos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se sostuvo con un codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó perdida y humillada entre los dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas. Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las parejas bailaban casi sin salir de su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y desdicha y todo el negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se las veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la boca repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de sí mismos, y cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y hoy te busco y no te encuentro, a la entrada en tutti de los fuelles respondió la renovada violencia del baile, las corridas laterales y los ochos entreverados en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que me hubiera llegado raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi el agua saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa le hacía una canaleta más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde comían parrilladas y bailaban rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una nube baja que deformaba las caras y las pinturas baratas de la pared de enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro cañas, y Mauro se tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia adelante. No nos llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces vi a Mauro echar una ojeada al palco donde Anita hacía como que manejaba una batuta, pero después volvió a clavar los ojos en las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo seguía su mirada y a la vez le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que Mauro sabía) la coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos pelos y pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía haber descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como asociándome y creo haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso que las caras se borroneaban más allá del centro de la pista, de modo que la zona de las sillas para las que planchaban no se veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío, curiosa la crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los bailarines se inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la derecha, saliendo del humo y girando obediente a la presión de su compañero, quedó un momento de perfil a mí, después de espaldas, el otro perfil, y alzó la cara para oír la música. Yo digó: Celina; pero entonces fue más bien saber sin comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender eso en el momento. La mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que temblaba, o el mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y el estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos dejaba salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí, sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba. Cualquiera de las negras podría haberse parecido más a Celina que ella en ese momento, la felicidad la transformaba de un modo atroz, yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me quedó inteligencia para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en el paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis de no existir el trabajo y los clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo de ella, se daba con toda la piel a la dicha y entraba otra vez en el orden donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado, su tango vuelto a tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que cerró el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra ella y el humo.
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo apilaba comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la cosa, de manera que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba poco a poco

.
-¿Vos te fijaste? -dijo Mauro.


-Sí.
-¿Vos te fijaste cómo se parecía?


No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.