domingo, 28 de agosto de 2011

La danza y yo (Elsenora Navarro)


El fresco de la noche caía mientras esperábamos a las puertas del teatro, los faros encendidos iluminaban el pequeño parque de enfrente. Al paso de los minutos el teatro parecía tomar vida, como una acicalada dama de sociedad, aunque es un teatro con nombre masculino, su belleza y esplendor son casi de mujer.

El Teatro Manuel Bonilla es una de las pocas reliquias de la arquitectura antigua de mi ciudad. Rodeada de luces, con alfombras rojas, palcos decorados como un pastel y las lámparas gigantescas colgadas de sus techos exquisitamente decorados, guarda en su interior los ecos de las modas y perfumes de las décadas que por allí han desfilado.

Las grandes puertas se abren como brazos de par en par dándonos la bienvenida, los palcos se llenan rápidamente y las butacas esperan pacientes su turno. Es casi la hora de la función.

Las luces se apagan, el silencio es sepulcral, de pronto las luces del escenario comienzan a jugar sobre los cuerpos que danzan. Mi mente absorta comenzó a viajar al ritmo de una melodía hindú, mis ojos fijos y la respiración cortada, acosaban mis pensamientos, dos cuerpos se movían, caminaban descalzos y sin rumbo como si emergieran del mismo infierno.

La melodía cambió su ritmo; convirtiéndose en un gemido doloroso y lejano, los cuerpos entre espasmos y desmayos, gritaban angustiados en el más profundo silencio. Sus manos se estiraban al vacío como la mano que implora ayuda, con los brazos abiertos como cruces caminantes buscando compañía.

Cruzando en el imposible, mi mente danzó con ellos, pero incapaz de comprender si ese baile me mostraba el futuro o me mostraba el principio de la vida, seguía moviéndome entre una especie que no lograba descifrar, con sonidos selváticos parecían aves a punto de emprender un vuelo; pero sus manos seguían vacías, la música cayó de pronto como un rayo luminoso y tamboril.

Las luces alargaron sus miradas hasta los bailarines del escenario, y fue con la luz y una dulce voz de la nueva melodía que las manos dejaron de vagar por el vacío y encontraron el calor de otra mano.

Fue entonces que me encontré sentada de nuevo en mi butaca tomada de la mano del ser que más amo.

La última entrevista a Roberto Bolaño

En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro siempre que haga falta.

Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental Los detectives salvajes, acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera famoso y se embolsara los premios Herralde (1998 ) y Rómulo Gallegos (1999), su influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan.

El autor, que aparece como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, El fin de la locura, es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.

Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos, que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.

A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa Los detectives salvajes: «Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche». El resto, en las 608 páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con Rayuela, de Julio Cortázar, y hasta con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo que importa en esta coyuntura: a la entrevista.

- ¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?
–Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver, ningún problema importante.

- ¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
–Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis candidatos.

- ¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
–Porque mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.

-¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
–No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.

- ¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
–Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.

- ¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
- La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.

- ¿Usted es chileno, español o mexicano?
- Soy latinoamericano.

- ¿Qué es la patria para usted?
- Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.

- ¿Qué es la literatura chilena?
- Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo xx, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos estemos dentro de él.

- ¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
- Yo nunca llevo la contraria.

- ¿Usted tiene más amigos que enemigos?
- Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.

- ¿Quiénes son sus amigos entrañables?
- Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998 . Actualmente tres de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.

- ¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
- Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije que estaba demasiado ocupado.

- ¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
- No, por supuesto.

- ¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
- Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.

- ¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
- Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.

- ¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
- The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados: Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.

- ¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
- Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.

- ¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
- Casi cualquiera de Residencia en la Tierra.

- ¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?
- Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera bueno.

- ¿Y a Salvador Allende?
- Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.

- ¿Y a Vicente Huidobro?
- Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas.

- ¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
- Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época, cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde, incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.

- ¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
- Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.

- ¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?
- Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.

- ¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
- La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Álvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.

- ¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
- Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un humor vegetariano o, mejor, a dieta.

- ¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella malograda cena?
- No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.

- ¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
- Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?

- ¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
- Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.

-¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?
- No muchas. Una maleta, según creo recordar.

- ¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
- Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.

- ¿Ha caminado alguna vez en medio del desierto?
- Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.

- ¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
- He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.

- ¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
- Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año ‘84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy dulce y considerada.

- ¿Le gustan los perros o los gatos?
- Las perras, pero ya no tengo animales.

- ¿Qué cosas recuerda de su niñez?
- Todo. No tengo mala memoria.

- ¿Coleccionaba figuritas?
- Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.

- ¿Tenía una patineta?
- Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.

- ¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
- Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.

- ¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
- A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla de Alicia, de Sorel y de Mishkin.

- ¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
- Por supuesto.

- ¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
- No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.

- ¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
- Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.

- ¿Ellas le deben algo a usted?
- Nada.

- ¿Ha sufrido mucho por amor?
- La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de humor.

- ¿Y por odio?
- Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?

- ¿Cómo enamoró a su esposa?
- Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.

- ¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
- Era de noche, poco antes de las 12 , yo estaba solo, y como no se podía fumar en el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna, habría dicho Amado Nervo . Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los brazos.

- ¿Lautaro será escritor?
- Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión, por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.

- ¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
- Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.

- ¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
- En lo más mínimo.

- ¿Piensa alguna vez en sus lectores?
- Casi nunca.

- ¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo han conmovido?
- Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.

- ¿Qué cosas lo han enojado?
- A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.

- ¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
- He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.

- ¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que considera que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?
- Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.

- ¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota Patricia Espinoza?
- Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así, nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.

- ¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
- A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de los cuentos de Putas asesinas.

- ¿Qué cosas lo aburren?
- El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

- ¿Qué cosas lo divierten?
- Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.

- ¿Escribe a mano?
- La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993 .

- Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?
- Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.

- ¿Cómo es el paraíso?
- Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.

- ¿Y el infierno?
- Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos.

- ¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
- En el ’92.

- ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
- Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

- ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
- Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

- ¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
- No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.

- ¿Pensó alguna vez en suicidarse?
- Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban.

- ¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
- Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme.

- La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su vida?
- Espero de todo corazón que haya habido más amor.

- ¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
- Las desgracias propias y ajenas.

- ¿Qué cosas lo hacen llorar?
- Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.

- ¿Le gusta la música?
- Mucho.

- ¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo Los detectives salvajes y luego todo lo demás?
- La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi «obra», pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás.

- ¿No le sacaría algunas páginas a Los detectives salvajes?
- No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.

- ¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?
- Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.

- ¿«El ojo Silva» es un homenaje a Julio Cortázar?
- De ninguna manera.

- Cuando terminó de escribir «El ojo Silva», ¿no sintió que había escrito un cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de «Casa tomada»?

- Cuando terminé de escribir «El ojo Silva» dejé de llorar o algo parecido. Qué más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque «Casa tomada» no es uno de mis favoritos.

- ¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
- Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Pero también debería citar: Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus, de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos, de Pascal.

- ¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara Tormentas de mierda a su novela Nocturno de Chile?
- Entre Villoro y Herralde.

- ¿Cómo es Blanes?
- Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios. Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía es bellísima.

- ¿Extraña algo de su vida en México?
- Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.

- ¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
- A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me interesa mucho lo que hacen Álvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o 4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González Rodríguez.

- ¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
- Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.

- ¿Cuándo ha sido más feliz?
- Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las circunstancias más adversas.

- ¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
- Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.

- ¿Confiesa que ha vivido?

- Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.

Por: Mónica Maristain tomado de www.sololiteratura.com
Libros & Letras reproduce fragmentos de esta entrevista.

Publicada originalmente en la edición Nº 59, julio de 2006, de la Revista Libros & Letras.

viernes, 26 de agosto de 2011

La decadencia de Estados Unidos: causas y consecuencias (Noam Chomsky)

“Es un tópico”, que Estados Unidos, “que hace apenas unos años era saludado como un coloso que dominaba con paso seguro el mundo entero, detentando un poder sin paralelos y un estilo de vida inmensamente atractivo, se halla hoy en decadencia, encarando la ominosa perspectiva de su propio desmoronamiento”. Este tópico, expresado en el verano de 2011 en la revista de la Academia de Ciencias Políticas, es, de hecho, dado por cierto por grandes sectores. Y no sin razón, aunque sea menester puntualizar algunas cosas. La decadencia, en efecto, es un proceso que se inicia en el momento de mayor poder de Estados Unidos, poco después de la Segunda Guerra Mundial; la retórica específica de los varios años de triunfalismo que se vivieron en la década de los noventa fueron mayormente una forma de auto engaño. Además, la conclusión a la que se llega generalmente —que la potencia mundial del futuro será China o la India— es bastante dudosa. China e India son países pobres con severos problemas internos. El mundo, sin la menor duda, se hace más diverso, pero, a pesar de la decadencia de Estados Unidos, en el futuro previsible no hay competidor alguno en lo que se refiere al poder hegemónico global.

Si se revisa brevemente así sea una parte de la historia relevante, durante la Segunda Guerra Mundial los planificadores reconocían que Estados Unidos emergería de la guerra en una contundente posición de poder. Está más que claro, de acuerdo con los documentos disponibles, que “la meta del Presidente Roosevelt era la hegemonía de Estados Unidos en el mundo de la postguerra”, para citar la afirmación del historiador de la diplomacia Geoffrey Warner, uno de los especialistas más destacados en la materia. Entonces, se desarrollaron planes para controlar lo que se llamó “una Gran Área”, que incluía al menos el Hemisferio Occidental, el Lejano Oriente, los territorios del antiguo Imperio Británico —incluidas las cruciales reservas de petróleo del Medio Oriente— y tantos territorios del continente Euroasiático como fuese posible; al menos, sus regiones industriales más importantes en Europa Occidental y los estados del Sur del continente europeo, considerados como esenciales para asegurar el control de los recursos energéticos del Medio Oriente.

En estos amplios territorios, Estados Unidos debía mantener “un poder incuestionable”, con “supremacía militar y económica”, asegurándose, al mismo tiempo, de “limitar cualquier ejercicio de soberanía” por parte de estados que pudieran interferir en sus designios globales. Estas doctrinas aún prevalecen, si bien su alcance se ha reducido.

Las medidas de tiempo de guerra, que serían implementadas poco después, no eran poco realistas. Estados Unidos para el momento era, con mucho, el país más rico del mundo. La guerra le puso fin a la Depresión y la capacidad industrial estadounidense casi se cuadruplicó, mientras los rivales se veían diezmados. Al final de la guerra, Estados Unidos poseía la mitad de la riqueza del globo y una seguridad sin igual. Cada región de la “Gran Área” tenía asignada su “función” dentro del sistema global. La “Guerra Fría” que sobrevendría tuvo que ver, mayormente, con los esfuerzos de las dos superpotencias para mantener el orden en los territorios que dominaban: para la URSS, Europa Oriental; para Estados Unidos, casi todo el resto del mundo.

Para 1949, la “Gran Área” se veía ya seriamente erosionada por “la pérdida de China”, que es como generalmente se llama a este suceso. La frase es interesante: uno sólo puede “perder” lo que posee; y se da por sentado que Estados Unidos posee la mayor parte del globo por derecho propio. Poco después, el Sudeste Asiático comenzó a salirse de control, lo que llevó a las horrendas guerras de Washington en Indochina y a las inmensas masacres en Indonesia en 1965, mientras se restablecía el dominio estadounidense. Entretanto, la subversión y la violencia masiva contra ésta continuaban en todas partes, en un esfuerzo por mantener lo que han dado en llamar “estabilidad”, y que significa aceptación de las exigencias de Estados Unidos.

Pero la decadencia era inevitable, a medida que el mundo industrial era reconstruido y el proceso de descolonización seguía su agónico curso. Para 1970, la porción de la riqueza del mundo en manos de Estados Unidos se había reducido a cerca del 25 por ciento, cifra todavía colosal pero mucho menor que la previa. El mundo industrial se estaba tornando “tripolar”, con ejes de poder en Estados Unidos, Europa y Asia, que tenía a Japón como centro, y que ya para entonces se estaba convirtiendo en la región más dinámica.

Veinte años después, colapsó la URSS. La reacción de Washington nos enseña mucho sobre la realidad de la Guerra Fría. El gobierno del primer Bush, que entonces ejercía la Presidencia, declaró de inmediato que las políticas seguirían prácticamente sin cambio alguno, pero con pretextos diferentes. El inmenso poderío militar se mantendría, pero no para defenderse de los rusos, sino más bien para enfrentar la “sofisticación tecnológica” de potencias del Tercer Mundo. Igualmente, sería necesario mantener “la base industrial de la defensa”, un eufemismo para referirse a la industria de avanzada, que dependía ampliamente de los subsidios e iniciativas del gobierno. Fuerzas militares de intervención debían ser destinadas al Medio Oriente, de cuyos serios problemas “no tenía la culpa el Kremlin”, a pesar de medio siglo de afirmaciones engañosas al respecto. Sin hacer alharaca, se admitió que el problema había sido siempre el mismo: los “nacionalismos radicales”, es decir, los intentos de los países de seguir sus propios cursos, en violación a los principios de la “Gran Área”. Éstos jamás fueron modificados. El gobierno de Clinton declaró que Estados Unidos tenía el derecho de utilizar fuerzas militares unilateralmente para asegurar “acceso irrestricto a mercados clave, fuentes de energía y recursos estratégicos”, y que debía tener fuerzas militares “desplegadas con anticipación” en Europa y Asia, “para ayudar a darle forma a lo que la gente opina de nosotros” —no a través de la sutil persuasión, no— y para “actuar de manera determinante en eventos que afectarían nuestros medios de vida y nuestra seguridad”.

En lugar de ser reducida o eliminada, como habría esperado uno de acuerdo a la propaganda de entonces, la OTAN se desplegó hacia el Este —en violación a acuerdos verbales con Mijaíl Gorbachov cuando éste estuvo de acuerdo en permitir que la Alemania reunificada se uniera a la OTAN, una asombrosa concesión a la luz de la historia previa. Para este momento, la OTAN se había convertido en una fuerza de intervención global bajo el mando de Estados Unidos, con la tarea oficial de controlar el sistema internacional de energía, las vías marítimas y los oleoductos; y cualquier otra cosa que el poder hegemónico determinara.

Hubo, de hecho, un período de euforia tras el colapso de la superpotencia enemiga, con exaltadas aserciones sobre “el fin de la historia” y una aclamación llena de admiración ante la política internacional de Clinton. Ésta había entrado en una “noble fase” caracterizada por un “brillo de santidad”, ya que, por primera vez, una nación era guiada por el “altruismo” y consagrada a los “principios y los valores”, y no se presentaba ningún obstáculo en el camino hacia un “Nuevo Mundo idealista, determinado a acabar con las inhumanidades”, que podría al fin llevar a cabo, sin tropiezos, la norma internacional emergente de la intervención humanitaria —sólo para dar una muestra de los apasionados panegíricos escritos por granados intelectuales.

No todos habían caído en éxtasis tales. Las víctimas tradicionales, el Sur global, condenaba amargamente “el mal llamado ‘derecho’ de la intervención humanitaria”, reconociéndolo como el viejo “derecho” a la dominación imperial. Y voces más sobrias en Estados Unidos, de miembros de la élite que determinaba las políticas, podían percibir que, para una gran parte del mundo, Estados Unidos se estaba “convirtiendo en la superpotencia forajida”, que era visto como “la mayor amenaza externa contra sus sociedades”; “el mayor estado forajido del momento actual es Estados Unidos” (Samuel Huntington, profesor de Ciencias de Gobierno de Harvard; Robert Jarvis, presidente de la Asociación de Ciencias Políticas de Estados Unidos). Después de que Bush llegara al poder, las opiniones cada vez más hostiles del mundo apenas podían seguir siendo ignoradas. En el mundo árabe en particular, la aprobación de Bush se fue a pique. Obama ha logrado la impresionante hazaña de llegar a niveles menores de aprobación, hasta apenas 5 % en Egipto y poco más en los otros países de la región.

Mientras tanto, la decadencia continuaba. En la década pasada, se había “perdido” la América del Sur. Esto es un asunto serio: mientras el gobierno de Nixon planificaba la destrucción de la democracia chilena, que tuvo lugar en “el primer 11 de septiembre” —el golpe militar con apoyo de Estados Unidos que acabó con la democracia en Chile e instauró la dictadura de Pinochet—, el Consejo de Seguridad Nacional advertía que, si Estados Unidos no podía controlar América Latina, no podía esperar “lograr establecer un orden exitoso en otros lugares del mundo”. Pero más serios serían los movimientos de independencia en el Medio Oriente. La planificación de la postguerra reconocía que el control de las incomparables reservas de energía del Medio Oriente significaba “un sólido control del mundo”, en palabras del influyente consejero de Roosevelt, A. A. Berle; y, por lo tanto, la pérdida de control sobre esos territorios amenazaría el proyecto de dominación global claramente formulado durante la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido, a pesar de los considerables cambios sucedidos en el mundo desde entonces.

Un peligro adicional es que en esos territorios puede haber movimientos significativos hacia la democracia. El editor ejecutivo del New York Times, Bill Keller, escribe de manera conmovedora sobre el anhelo de Washington “de abrazar a los que desean democracia en el Norte de África y el Medio Oriente”. Pero encuestas de opinión en el mundo árabe revelan con mucha claridad que para Washington sería un desastre si democracias activas y reales se abrieran pasos en la región, ya que esto implicaría que la opinión pública tendría alguna influencia en las decisiones políticas. No causa sorpresa ninguna que los primeros mínimos pasos de política exterior de Egipto se hayan tropezado con la oposición de Estados Unidos y su cliente israelí.

Mientras las políticas que Estados Unidos mantiene desde hace mucho permanecen estables, durante el gobierno de Obama se han producido algunos cambios significativos. El analista militar Yochi Dreazen señala, en el Atlantic, que la política de Bush era capturar (y torturar) a los sospechosos, mientras que Obama simplemente los asesina, con un veloz incremento en el uso de armamento de terror (aviones no tripulados) y Fuerzas Especiales, que son, muchas de ellas, equipos de exterminio. Las Fuerzas Especiales tienen calendarios de operación en 120 países. Hoy por hoy, las Fuerzas Especiales estadounidenses tienen el mismo número de efectivos que el ejército completo del Canadá; y son, ahora, de hecho, un ejército privado del presidente, asunto que analiza en detalle el periodista de investigación Nick Turse en el website “Tomdispatch”. El equipo que Obama envió para asesinar a Osama bin Laden ya había llevado a cabo más o menos una docena de misiones similares en Paquistán. Como muestran éstos y otros sucesos, si bien la hegemonía está en declive, la ambición de mantenerla no lo está.

Otro tópico, al menos entre aquellos que no están terca y voluntariamente ciegos, es que la decadencia de Estados Unidos, en no poca medida, es causada por el país mismo. La ópera bufa representada en Washington este verano, que disgusta al país entero (una gran mayoría piensa que el Congreso simplemente debería ser disuelto) y desconcierta al mundo, tiene pocas analogías en los anales de la democracia parlamentaria. El espectáculo ha llegado incluso a aterrorizar a quienes patrocinaron la farsa. El poder corporativo ahora se encuentra preocupado de que los extremistas a los que ayudó a llegar a los cargos que hoy ejercen puedan decidir demoler el constructo sobre el que descansan su propia riqueza y sus privilegios, ese poderoso estado-nodriza que sirve a sus intereses.

El eminente filósofo social estadounidense John Dewey describió una vez la política como “la sombra que los grandes negocios arrojan sobre la sociedad”, y advertía que “el que la sombra se hiciera más tenue no cambiaría su esencia”. Desde la década de los setenta, la sombra ha devenido una oscura nube que envuelve a la sociedad y al sistema político. El poder corporativo, a estas alturas compuesto mayormente por capital financiero, ha alcanzado un punto en el cual las dos organizaciones políticas de mayor importancia de Estados Unidos, que apenas se parecen ya a los partidos tradicionales, están en la posición de más extrema derecha en relación a la población general en todo lo referente a los asuntos de importancia que están en el tapete.

Para el público general, la mayor preocupación, en política interior, es, con razón, la severa crisis de desempleo. En las circunstancias actuales, ese problema crítico puede ser resuelto sólo a través de un significativo estímulo del gobierno, que vaya mucho más allá del que se intentara hace poco, que apenas equilibró la disminución del gasto estatal y local, aunque hay que reconocer que esa mínima iniciativa probablemente salvó millones de empleos. Para las instituciones financieras, la preocupación principal es el déficit. Por lo tanto, el déficit es el centro del debate. Una gran mayoría de la población favorece enfrentar el déficit imponiéndole mayores tasas de impuestos a los más ricos (72 %, 21 % se opone). La reducción de los programas de salud pública es rechazada por mayorías considerables: 69 % en el caso de Medicaid, 79 % en el caso de Medicare). El resultado más probable es, por lo tanto, lo opuesto.

En su reporte de los resultados de un estudio sobre cómo el público eliminaría el déficit, su director, Steven Kull, escribe que: “De manera prístina, tanto el gobierno como el Congreso, encabezado por los republicanos, están fuera de sintonía con los valores y prioridades del público en lo referente al presupuesto… La mayor diferencia es que el público se inclina por cortes considerables en los gastos de defensa, mientras el gobierno y el Congreso proponen discretos aumentos… El público también se muestra más favorable a mayores inversiones en entrenamiento para el trabajo, en educación y en el control de la contaminación que el gobierno o el Congreso”.

El costo de las guerras de Bush y Obama en Irak y Afganistán llega, según los cálculos actuales, a 4 billones cuatrocientos mil millones de dólares ($ 4.400.000.000.000) — una victoria aplastante para Osama bin Laden, cuya meta, anunciada, era llevar a Estados Unidos a la bancarrota tendiéndole una trampa. El presupuesto militar para 2011 —casi equivalente al de todo el resto del mundo junto— es más alto en términos reales (esto es, ajustados a la inflación), que en cualquier momento desde la Segunda Guerra Mundial, y se ha anunciado que aumentará aún más. Se habla mucho y a la ligera sobre proyectos de recortes de gasto, pero los informes olvidan mencionar que, incluso si llegaran a darse, serán en el crecimiento a futuro proyectado para el Pentágono.

La crisis del déficit ha sido creada mayormente como un arma para destruir programas sociales que el establishment detesta y en lo que confía gran parte de la población. El muy respetado corresponsal de economía del Financial Times de Londres, Martin Wolf, escribe: “No es que enfrentar la posición fiscal de Estados Unidos sea urgente… Estados Unidos puede solicitar préstamos en términos favorables, con intereses sobre bonos a diez años cercanos al 3 por ciento, tal y como han predicho los pocos analistas que no han sido tomados por la histeria. El reto en términos fiscales es a largo plazo, no inmediato”. De manera más que significativa, agrega: “El rasgo más asombroso de la posición fiscal federal es que los ingresos se prevén en apenas un 14,4 por ciento del PIB en 2011, muy por debajo del promedio que han tenido en la postguerra, cercano al 18 por ciento. Se prevé que los impuestos sobre la renta individual alcancen apenas el 6,3 del PIB en 2011. Como no estadounidense, no puedo entender cuál es el lío: en 1988, cuando terminaba el período presidencial de Ronald Reagan, las cuentas por pagar llegaban al 18,2 por ciento del PIB. Los ingresos fiscales tendrían que aumentar sustancialmente si se quiere superar el déficit”. Es de verdad asombroso, pero es lo que exigen las instituciones financieras y los extremadamente ricos, y, en una democracia en veloz decadencia, eso es lo que cuenta.

A pesar de que el déficit ha sido creado por causa de una salvaje guerra de clases, la crisis de la deuda a largo plazo es seria, y lo ha sido desde que la irresponsabilidad fiscal de Ronald Reagan hiciera que Estados Unidos pasara de ser el mayor acreedor del mundo al mayor deudor del mundo, triplicando la deuda nacional, y creando amenazas para la economía que se vieron rápidamente aumentadas por George W. Bush. Pero, por ahora, la crisis del desempleo es la preocupación más grave.

El último “acuerdo” sobre la crisis —más bien una capitulación ante la extrema derecha— es lo opuesto de lo que el público quiere en realidad, y de modo prácticamente inevitable llevará a un crecimiento más lento y a perjuicios a largo plazo para todos, excepto los ricos y las corporaciones, que están disfrutando de ganancias sin antecedentes. Pocos economistas serios se mostrarían en desacuerdo con la aseveración de Lawrence Summers, economista de Harvard: “el problema actual de Estados Unidos es mucho más un déficit de empleo y crecimiento que un déficit por exceso de gastos”; el acuerdo alcanzado en Washington en agosto, aunque preferible a una (muy improbable) mora, probablemente causará aún más daño a una economía en pleno deterioro.

Ni siquiera se ha discutido el hecho de que el déficit sería eliminado si el sistema privado y disfuncional de salud de Estados Unidos fuera sustituido por uno semejante al de otras sociedades industriales, cuyos costos, per cápita, son la mitad del estadounidense y tienen, cuando menos, resultados semejantes. Las instituciones financieras y la industria farmacéutica detentan demasiado poder como para que esas opciones sean siquiera consideradas, aunque esas ideas difícilmente resulten utópicas. Fuera de agenda, por razones similares, están otras opciones económicamente sensatas, tales como un mínusculo impuesto a las transacciones financieras.

Mientras tanto, Wall Street recibe regularmente nuevos y generosos regalos. El Comité de Asignaciones del Congreso recortó el presupuesto solicitado por la Comisión de Valores y Comercio (Securities and Exchange Commission, SEC), que es la primera barrera contra el fraude financiero. Es poco probable que la Agencia de Protección al Consumidor sobreviva intacta. El Congreso empuña, además, otras armas en la batalla contra las futuras generaciones. De cara a la oposición republicana contra la protección ambiental, “una de las mayores industrias de servicios de Estados Unidos está engavetando el más importante esfuerzo de la nación para contener el dióxido de carbono producido por una planta local que funciona a partir de carbón, lo que significa un duro golpe a los esfuerzos para controlar las emisiones que causan el calentamiento global”, reporta el New York Times.

Las heridas auto infligidas, a pesar de que se hacen cada vez más profundas, no son una innovación de reciente data. Se remontan a la década de los setenta, cuando la política económica nacional sufrió transformaciones de importancia, acabando con lo que comúnmente se conoce como “la edad de oro” del capitalismo (de estado). Dos de los mayores cambios fueron la transformación de la producción de bienes en una mera actividad financiera y que se llevaba a cabo fuera de las fronteras de la nación; ambos cambios están relacionados con la reducción de la tasa de ganancias en la fabricación de bienes de consumo, y el desmantelamiento del sistema Bretton Woods, prevaleciente en la postguerra, de controles de capital y regulación de divisas. El triunfo ideológico de las “doctrinas del libre mercado”, altamente selectivas, como siempre, propinaron más golpes, al ser convertidas en desregulaciones, transformadas en reglas de funcionamiento corporativo que vinculaban inmensas bonificaciones para los directores ejecutivos con ganancias a corto plazo, y otras políticas administrativas semejantes. La concentración de riqueza a la que esto dio lugar otorgó mayor poder político a los capitales, acelerando un círculo vicioso que le ha dado extraordinarias fortunas a una décima parte del uno por ciento de la población, principalmente, a los directores ejecutivos de las grandes corporaciones, los administradores de los fondos de inversión libre y gente por el estilo, mientras que, para la gran mayoría, los ingresos reales se encuentran virtualmente estancados.

De modo paralelo, el costo de las elecciones se disparó, lo que ocasionó que ambos partidos tuvieran que hundirse más y más en los bolsillos de las corporaciones. Lo que queda de democracia política se ha visto socavado aún más, porque ambos partidos, en busca de fondos, han recurrido a la subasta de posiciones de liderazgo en el Congreso. El especialista en política económica Thomas Ferguson observa que: “A diferencia de los poderes legislativos del resto del Primer Mundo, los partidos del Congreso de Estados Unidos ahora le ponen precio a puestos vacantes que son claves en el proceso de creación de las leyes”. Los legisladores que consiguen fondos para el partido obtienen los puestos, lo que virtualmente los obliga a convertirse en servidores del capital privado en términos que van más allá de la norma. El resultado, continúa Ferguson, es que los debates “se sostienen, en gran medida, en la infinita repetición de un puñado de frases hechas y slogans ya probados en batalla por su atractivo para los grupos de inversionistas y de intereses, grupos con los que los líderes cuentan a la hora de obtener recursos”.

La economía posterior a la “edad de oro” está poniendo en escena una pesadilla que ya habían previsto los economistas clásicos Adam Smith y David Ricardo. Ambos se percataron de que si los comerciantes e industriales británicos invertían en ultramar y dependían de las importaciones, obtendrían ganancias, pero Inglaterra misma sufriría. Ambos esperaban que estas consecuencias pudieran evitarse gracias a convicciones nacionalistas, por la preferencia de hacer negocios en el propio país y verlo crecer y desarrollarse, como si, gracias a una “mano invisible”, Inglaterra pudiera ser salvada de los estragos de los mercados globales —la expresión “mano invisible” aparece una vez en el clásico de Smith, La riqueza de las naciones. Ricardo esperaba que, gracias a las convicciones nacionalistas, la mayor parte de los hombres con medios se mostrasen “satisfechos con las bajas tasas de ganancias de su propio país en lugar de buscar utilidades más ventajosas para su dinero en naciones extranjeras”, sentimiento que “lamentaría ver debilitado”. En los últimos 30 años, “los amos de la humanidad”, como los llamara Smith, han dejado a un lado cualquier preocupación sentimental por el bienestar de su propia sociedad, y, por el contrario, se han concentrado en ganancias a corto plazo e inmensas bonificaciones, y que el país se vaya al demonio —siempre y cuando el estado-nodriza permanezca intacto para servir a sus intereses, eso sí.

Un ejemplo que ilustra de manera gráfica esto aparece en la primera página del New York Times mientras escribo estas líneas (4 de agosto de 2011). Dos artículos importantes aparecen uno junto al otro. Uno discute cómo los republicanos se oponen fervientemente a cualquier acuerdo “que implique mayores ingresos fiscales” —un eufemismo para referirse a aumentar las tasas de impuesto de los ricos. El otro lleva por título: “Incluso más caros, los bienes suntuarios vuelan de las estanterías”. El pretexto para recortar los impuestos de los más ricos y de las corporaciones en proporciones ridículas es que éstos invertirían en la creación de empleo — la misma cosa que no pueden hacer ahora, cuando sus bolsillos están que revientan con ganancias sin precedentes.

El cuadro que se revela se encuentra muy bien descrito en un folleto para inversionistas producido por Citigroup, el gigantesco banco que está, otra vez, alimentándose del pesebre comunal, como lo ha hecho regularmente por 30 años, en un ciclo de préstamos riesgosos, altísimas ganancias, dinero en efectivo y ayudas financieras estatales. Los analistas del banco describen un mundo que se está dividiendo en dos bloques: la “plutonomía” y el resto, en una sociedad global en la que el crecimiento es alimentado por los pocos ricos, y consumido por ellos mismos. Luego están los “no-ricos”, la inmensa mayoría, a la que ahora a veces se llama el “precariato global”, es decir, la fuerza de trabajo que lleva una vida precaria. En Estados Unidos, están sometidos a la “creciente inseguridad laboral”, base de una economía saludable, tal y como explicara al Congreso Alan Greenspan, cabeza de la Reserva Federal, al tiempo que alababa su propio desempeño en el manejo de la economía. Este es el verdadero desplazamiento del poder en la sociedad global.

Los analistas del Citigroup aconsejan a los inversionistas concentrarse en los muy ricos, que es donde está la acción. Su “Cesta Básica de Plutonomía”, como ellos mismos la llaman, obtuvo un índice mayor de ganancias que el de los mercados desarrollados desde 1985, cuando los programas de Reagan y Thatcher para enriquecer a los muy ricos estaban apenas arrancando.

Antes de la crisis de 2007, de la cual ellos mismos fueron responsables en gran medida, las nuevas instituciones financieras del período que siguió a la “edad de oro” habían ganado un alarmante poder económico, más que triplicando su parte de las ganancias corporativas. Después de la crisis, una cantidad de economistas comenzaron a investigar sobre sus funciones en términos puramente económicos. Robert Solow, premio Nobel de economía, concluye que su impacto general es probablemente negativo: “sus éxitos, por lo que puede verse, agregan poco o nada a la eficiencia de la economía real, mientras que los desastres trasfieren la riqueza de los que pagan impuestos a los financistas”.

Al desmantelar los últimos vestigios de la democracia política, echan las bases para que el letal proceso siga en marcha — siempre y cuando sus víctimas estén dispuestas a sufrir en silencio.

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Por Prodavinci | 23 de Agosto, 2011